Matar a la madre para amarla de nuevo

Llega un momento en el que es necesario matar a la madre para después, con una identidad propia, amarla de nuevo. Esta idea la desarrollaron a lo largo de la historia muchísimas escritoras que vivían y viven mortificadas por el miedo a no ser como sus madres, o quizás a serlo. Esa dualidad que nos embarga siempre, y que la literatura consigue expresar a la perfección, supone una contradicción en sí misma, sobre todo porque las hijas casi siempre sentimos el peso enorme de nuestras madres con más fuerza que los hijos. Es el terror a fracasar, a no ejercer la maternidad de la misma forma, a querer hacerlo mejor, a tener que soportar un peso injusto, a repetir los errores, a no estar a una altura inventada…

Leía hace poco Nueve lunas (Literatura Random House, 2021), un libro en el que la peruana Gabriela Wiener escribe una reflexión que me impactó de pleno y que actúa como génesis de este artículo:

“Amo a mi madre, pero es mi madre. Se supone que debo odiarla. Como ella un día odió a la suya y como mi abuela odió a mi bisabuela y así hasta el infinito. OK, mi madre no ha sido cómplice silenciosa de los abusos sexuales a los que me sometía mi padre, ni ha permanecido quieta mientras me mutilaban el clítoris para ser aceptada por la tribu. No me ha ocurrido nada por el estilo. No tengo motivos tan graves para odiarla. Matar a la madre es simplemente una cuestión de supervivencia para la hembra humana. Y yo sabía hacerlo muy bien (Sylvia Plath dixit). Era toda una profesional. Tenía miedo de convertirme en mi madre, pero me daba aún más miedo que una posible heredera mía de convirtiera en una hija como yo. Finalmente, lo que yo temía era la posibilidad de generar una mala copia residual de mí misma, capaz de odiarme aún más de lo que yo me odiaba”.

De repente entronca este pensamiento con otro poemario que descubrí hace dos años y que lleva por título La muerte de mi madre me hizo más libre (La Oveja Roja, 2017), en el que Mari Luz Esteban juega con esas dos ideas aparentemente contradictorias: la libertad y el amor por una madre. Porque sí, la relación entre madres e hijas resulta tan compleja que los sentimientos y emociones dispersas están a la orden del día. La madre aparece como un fantasma que lo ve todo, y a partir de ella la autora habla de la búsqueda de la propia identidad, del quiénes somos, y de cómo a lo largo del tiempo las mujeres hemos sido englobadas en un solo bloque son otros temas que se encuentran en la base de unos versos que combinan el sentimiento más puro con la reivindicación.

Esa dualidad de sentimientos se atisba en la increíble historia de Aurora Rodríguez Carballeira, una mujer gallega que el 9 de junio de 1933 asesinó a su hija menor de edad, Hildegart Rodríguez Carballeira. De este suceso parte el alemán Erich Hackl, quien publicó Los motivos de Aurora por primera vez en 1989 y que ahora lo recupera la editorial Hoja de Lata en la traducción de José Ovejero. Lo primero que nos llama la atención es la capacidad del autor para escribir sin juzgar, reconstruyendo esa realidad y ficcionando otros momentos que bien podrían ser como él lo cuenta o de otra forma. La historia de Aurora es la de un monstruo que se creía dueña de una hija que concebía como una creación suya y, por lo tanto, con el poder de disponer de su identidad y de su vida. Este episodio tan negro de nuestra historia inspiró a mi admirada Almudena Grandes en su reciente novela titulada La madre de Frankenstein (Tusquets, 2020), en la que nos propone un viaje al interior de la mente de una mujer enferma que llevó la maternidad a sus máximos extremos.

Pienso ahora en algunas preguntas que entroncan con el argumento de Las madres no (Tránsito, 2019), de Katixa Aguirre: ¿Por qué quieres tener un hijo un día y al siguiente sientes que tu libertad se puede ver coartada? ¿En qué momento te sientes verdaderamente preparada? ¿Te puede obligar la sociedad a ser quien no quieres ser? ¿Eres una mala madre si tienes más ganas de hacer otras cosas que de estar con tus hijos? Cuestiones todas ellas que se dejan caer en este thriller psicológico, aunque quizás la más importante sea la de si una madre sería capaz de matar a sus hijos y qué motivos la llevarían a ello. Este libro nos empuja a cuestionarnos todo, al recopilar voces femeninas que a lo largo de la historia también reflexionaron sobre el acto de convertirse en madres. Tal es el caso de Susan Suleiman, que decía que “las madres no escriben, están escritas”, o Cyril Connolly que creía que “no hay enemigo más sombrío del buen arte que un cochecito de bebé en el vestíbulo”. Aquí, por lo tanto, la voz se centra en las mujeres que se debaten entre la vida con hijos o sin hijos, una temática que hoy en día está muy en boga con títulos de novela y ensayo feministas que abordan cuestiones que siempre han estado ahí, pero que antes eran tabús. Autoras como Diana López Varela, con Maternofobia; Lina Meruane, con Contra los hijos; Agznieszka Graff, con Madre feminista; Esther Vivas con Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad… son solo unos pocos ejemplos de los muchísimos que afloran hoy en día y que nos ofrecen nuevas miradas e, incluso, argumentos para armarnos contra las personas que nos hablan todo el tiempo del reloj biológico y del arroz que se pasa.

La psicóloga y escritora María Fornet publicó hace dos años Las mujeres de la familia Medina (Almuzara, 2020), un libro sobre la complejidad de las relaciones materno filiales, y el peso que la familia tiene en el individuo. Lejos de lo que podríamos esperar, la autora no nos ofrece una visión edulcorada, sino que se centra en los entresijos de la mala relación entre una madre y una hija que un día pierden la comunicación y el proceso que tienen que librar para encontrarla de nuevo. Así, en la novela encontramos reflexiones como estas:

Al fin y al cabo, quién dicta lo que debe sentir una hija ante el final de una madre, cuál debe ser la cantidad de llanto exacta, la mezcla de sorpresa y desilusión en la dosis adecuada”.

Las Estrellas (Tránsito, 2020) desmenuza las sensaciones que se experimentan tras la muerte de una madre, del duelo obligado y de la cura, pero lo hace de una forma en la que se despoja de todo lo superfluo y del sentimentalismo más naïf para desnudarse por entero y escribir desde la sinceridad absoluta, con sus aciertos y también sus dudas a lo largo de todo el proceso. Paula Vázquez, escritora y fundadora de la librería Lata Peinada, aprovecha este libro para analizar el sentido de la enfermedad y de cómo se puede sentir amor por la madre y, al tiempo, cierto alejamiento en el momento de la muerte y del posterior duelo. Así, “la enfermedad es agotamiento orgánico pero también carencia, trastorno, desequilibrio, la imagen propia frente al abismo. Nunca entendí qué clase de problema de agenda podía justificar que personas con graves dolores se vieran obligadas a pasar gran parte del día en pasillos de hospital, donde la luz es escasa y los asientos no abundan”.

Estamos observando que la literatura es una herramienta muy útil para establecer propuestas alrededor de las inquietudes individuales y del mundo. Así lo demuestra Esta herida llena de peces (Tránsito, 2021), de Lorena Salazar, en la que encontramos a una madre y su niño que viajan en canoa por el caudaloso río Atrato. La madre es blanca, el niño es negro. Entre manglares, frutas y trenzas, la narradora le va contando a la pasajera de al lado su infancia, sus recuerdos y cómo el pequeño llegó a su vida una mañana calurosa. La lancha avanza, la inquietud se acrecienta. La mujer preferiría no llegar o dar la vuelta. Esta es una historia sobre el arraigo, el miedo y la maternidad en un contexto de violencia, sobre los peligros de la selva colombiana. Y es que, a veces, para que la belleza aflore es necesario que las heridas escuezan y, posteriormente, que curen.

“¿Qué hace alguien que crece sin madre? ¿Lo cuida el viento, una profesora, la señora de la tienda de la esquina? ¿Quién le enseña a rezar, a temer, a dejar de crear? ¿Quién le dice ‘¡Niño, eso no se hace!’ ¿Quién le corta las alas y quién se las cose? ¿Quién le pone los pies en la tierra. No tenerla, a veces, es lo mismo que tenerla. Una madre es algo que duele. Es herida y cicatriz. Para un niño, una mamá es la persona que pregunta si quiere leche en el chocolate, la que regaña cuando camina descalzo por la casa, la que prueba la sopa primero, se quema la lengua y espera a que enfríe un poco. Una mamá es la persona que está”.

En este año, las Letras Galegas se dedican a Xela Arias, una escritora y traductora gallega que dejó un legado poético con una impronta muy feminista. La maternidad y la forma salvaje que ella tenía de concebirla se observa en Darío a diario (Xerais, 2021), un libro que dedicó a su hijo y en el que plasmó sus sensaciones y los deseos de libertad que buscaba para él, liberados de posesión, como se observa en los siguientes versos: “Nada que vez coa posesión. / Non te posúo nin quero. / Cóidote, ámote e manteño a esperanza / De aprenderche a te posuíres”.

Pero la literatura también habla de las madres como esas personas que corren todo tipo de esfuerzos por sus hijas, esas que se visten con trapos y le ofrecen sus mejores galas a sus vástagos, las mismas que luchan incansablemente porque nuestras vidas sean mejores, porque tengamos estudios… Libros escritos en gallego como Madialeva (Aira, 2020), de Ana Moreiras, o Camuflaxe (Chan da Pólvora, 2017), de Lupe Gómez, nos demuestran que, efectivamente, no habrá nadie que te pueda querer jamás con la misma fuerza que una madre, y cuando lo descubramos quizás ya sea tarde. El libro de Ana Moreiras recoge las voces de las mujeres de la aldea, supervivientes de una época, habitantes de un mundo machista y testigos de una guerra en la que vieron morir a muchas personas, con el objetivo de seguir el relato y que este no se frene. El mismo fin pretende Lupe Gómez con el poemario que dedica a su madre, a la que define con palabras emotivas y sinceras, que nos emocionan muchísimo: “Ti non tiñas soños / Porque as mulleres da aldea non soñan. / O atraso económico de Galicia / Era una forma de vangarda artística”. Las mujeres que tanto trabajaron y trabajan, las madres que lo dejaron todo por cuidar a sus hijos e hijas, la pobreza como escenario desde el que gritar, el espacio rural, con puntos de inicio y final para entender lo que somos. Además, los versos hablan sin fisuras de lo que somos, sin límites ni vergüenza, con valentía y sinceridad en cada palabra escogida: “Nas fotos / apareces sen calcetíns e sen zapatos. / Tes unha mirada intensa, como se os ollos che estivesen caendo / da cara”.

Y si la literatura resulta un terreno muy fértil en cuanto a reflexiones sobre la maternidad se refiere, el cine no se queda atrás. Pensemos, por ejemplo, en Pedro Almodóvar, uno de los cineastas españoles más internacionales que ha explotado el drama de las relaciones entre madres e hijas. Esta idea pivota en Julieta, un filme que habla de la ausencia de la madre. Como destaca Pablo S. Scholz en una crítica para el periódico Clarín, “la película trata sobre el dolor, la angustia de no tener a mano -y no poseer- alguien tan amado como una hija. Julieta está incompleta, como muchas protagonistas del mundo almodovariano en el pasado. Está sola y si no comprende qué fue lo que pasó, probablemente siga con el alma corroída”.  Esas ideas se observan también, con muchísimos matices, en otras historias almodovarianas, como Volver, Dolor y gloria, o Mujeres al borde de un ataque de nervios. Y en plan comedia encontramos Las Chicas Gilmore, una versión revisada de un clásico que podremos ver en Neftlix y que reconstruye el día a día de una madre soltera y de su hija, y de cómo van creciendo y evolucionando juntas.

Escrito por

Graduada en periodismo y enamorada de la lectura y la cultura. Porque leer nos hace mejores personas.

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