Rosa Moncayo, autora de "Dog Café"
Rosa Moncayo, autora de “Dog Café”

Está eclosionando ahora una nueva generación de escritores/as que tienen mucho que contarnos y que interpretan el mundo desde su juventud, pero también con una profundidad que parte de la mejor tradición literaria. Las editoriales están apostando fuerte por estas nuevas voces, como es el caso de Expediciones Polares, quien ya se había atrevido hace poco más de un año con Partir, de Lucía Baskaran, y ahora con Dog Café, de Rosa Moncayo. En ella, la autora, que confiesa que comenzó a escribir a la temprana edad de 13 años, nos habla de la soledad, de la postadolescencia y de esos momentos duros por los que todos pasamos a lo largo de nuestras vidas. Su escritura recuerda a Adelaida García Morales, aunque Rosa también admira mucho a autor@s como Annie Ernaux, Emmanuel Carrère o Belén Gopegui. Conversamos con ella.

Pregunta (P): ¿Qué supuso para ti ser poder publicar tu primer libro Dog Café con Expediciones Polares?

Lo sentí como un privilegio. Nunca pensé en Dog Café como una novela lo suficientemente buena como para que una editorial quisiera publicarla. Creo que esto se debe a que cuando escribo tiendo a revisar el texto una y otra vez y siempre veo fallos que, por supuesto, tengo que corregir. Escribir es un proceso infinito y, para mí, lo peor es aferrarme a un texto y no salir de él. Desde luego, publicar te abre puertas y alimenta una motivación que, de una manera u otra, siempre es bienvenida para seguir trabajando.

(P): Eres muy joven, ¿cuánto tiempo llevas escribiendo?

Tendría trece años cuando empecé, aunque no lo recuerdo muy bien. Lo que sí recuerdo es el primer relato que escribí. Era el monólogo interior de un ciego que quería viajar a Santorini sin que nadie le ayudara, sólo él y su palo de ciego. Ahora, echo la vista atrás y me doy cuenta de que el tema de la ceguera me persigue desde pequeña ya que se repite en otros textos que he escrito. Es muy curioso.

(P): Se dice habitualmente que l@s escritor@s os acompañáis de silencio y de soledad. Tu novela nos habla mucho de esta última, ¿cómo la concibes en tu vida?

Sí, aunque creo que es un poco tópico. En la novela aparece el tema de la soledad como una trampa y, al mismo tiempo, salvación. Por supuesto, hay distintas lecturas, entre ellas la mía.

Por lo general, me gusta estar sola. Es raro porque acabo de volver de un viaje por Alemania y Reino Unido y cuando digo que me he ido sola la gente se echa las manos a la cabeza. No lo entiendo. Creo que existe cierta costumbre en verlo como algo negativo, hay gente que entiende la soledad como un sentimiento de abandono, pero supongo que simplemente consiste en aprender a estar con uno mismo.

(P): ¿Es difícil escribir sobre la soledad sin caer en los tópicos de siempre?

Si ya de por sí es difícil escribir, no quiero ni pensar en el autor que escribe evitando caer en tópicos. Creo que mi principal objetivo cuando escribo es remover algo en el lector, dejar marca. No me interesa saber si me repito o caigo en tópicos, creo que hay algo más que eso, quizá la construcción de la historia, escena a escena, el hilo narrativo, la simbología, llevar el lenguaje hacia donde te interese, etc. Se puede escribir sobre el tema más trillado que haya y que le llegue al lector de una forma totalmente distinta a las anteriores. En mi opinión, lo peor es un autor que sale de puntillas de su propio texto, escribir para salir ilesos no sirve de nada.

(P): Dog Café es una novela muy corta, pero en la que subyacen muchos temas de reflexión. ¿Te ha resultado complicado expresar tanto en poco espacio?

La sensación de tener que explicar todo en una novela me abruma, estaría incómoda. Me gusta dejar huecos y ser concisa, no sé por qué motivo, pero creo que le da calidad y elegancia al texto.

(P): Eres una lectora voraz desde pequeña, ¿qué es para ti la lectura y cuáles son tus autor@s de cabecera?

Para mí, la lectura es un espacio de emoción y aprendizaje que me concedo muy a menudo. Mis autores de cabecera son Annie Ernaux, Emmanuel Carrère y Belén Gopegui. Son muy dispares entre sí, pero sus obras son las que siempre acabo leyendo una y otra vez con la misma admiración e inquietud.

(P): “Soledad es una palabra lánguida, seca, acartonada y difuminada. Me produce dolor, desesperación; a veces, también me produce complacencia. Primero transmite aflicción y asco, segundos más tarde provoca un deleite consciente de sí”. Escribes así, tan visceralmente, y es imposible no preguntarte… ¿cuánto hay de real y cuánto de ficción en Dog Café?

Como dijo hace poco en una entrevista Patricio Pron, la ambigüedad de que el autor hable de sí mismo, pero que al mismo tiempo no lo haga es uno de los temas más potentes en literatura. Creo que es imposible desligar la voz narrativa de los personajes que se construyen –por muy diferentes que sean– de la del autor y es esa misma incertidumbre lo que le otorga calidad e interés al texto. Mi voz es la misma que la de Elías, Várez y Kabi. Creo que se pueden encontrar más paralelismos en los detalles de la narración que en el tema principal.

(P): ¿De dónde nace la inspiración para escribir?

Mi proceso de escritura consiste en escenas que me vienen a la mente. A veces, me vienen muchas de golpe y, otras veces, a cuentagotas. Me llegan en cualquier momento, haciendo lo más absurdo o incluso durmiendo, tengo que asegurarme de que siempre llevo el móvil o un bloc de notas para apuntarlo. No es que lo piense mucho de manera proactiva, sólo me dejo llevar por imágenes que me emocionan y que me guían hacia lo que quiero transmitir. Mi excentricidad, digamos, es que sólo puedo escribir si escucho a Basinski o a Loscil, si no es así no consigo redactar ni tres líneas.

(P): Encontramos aquí parajes como Corea y hasta personajes que nos recuerdan a la literatura japonesa de Murakami, y la nostalgia. ¿Te identificas con la narrativa nipona?

No del todo. Puede que me identifique con la literatura nipona a través de algunos de los temas que he tocado en Dog Café. En Tokio Blues, de Haruki Murakami, se aprecia muy bien esa fase posterior a la adolescencia que también se puede, o eso espero, ver en el personaje de Kabi en Dog Café. Por ejemplo, aparecen sus temores, la ausencia de ilusión, la presión social del país, también la problemática familiar, pero en términos muy generales. De todos modos, sobre este tipo de sociedades –la japonesa o coreana– mi mirada, por supuesto, es una mirada exógena y sesgada, y sólo tiene validez si se lee como la mirada de una extranjera en un país radicalmente distinto al de su origen.

(P): Tu novela ha sido elegida finalista del Festival du premier roman de Chambéry, que según dicen en la página de Facebook de Expediciones Polares ha servido para conocer a autor@s de la talla de Muriel Barbery o Michael Houellebecq. ¿Qué supone para ti esta nominación?

Es increíble que todavía existan premios dedicados a descubrir nuevas voces del panorama literario, sobre todo cuando, a veces, te da la sensación de que, desgraciadamente, lo único importante en este sector es lo comercial. Fue una sorpresa sublime, sobre todo compartir nominación con autores a los que admiro como Toni Quero o Paula Porroni.

(P): Los jóvenes tenemos mucho que decir al mundo, y prueba de ello es tu libro. ¿Qué más propuestas literarias de nuev@s autor@s nos recomendarías leer?

Recomiendo Camille. Viñeta amorosa, de Martín Parra. Es una auténtica maravilla, Martín tiene un estilo que se desmarca totalmente de lo que podemos encontrar en el panorama literario actual. También, me encantó Párpados, de Toni Quero, es brillante.

(P): ¿Tienes en marcha algún proyecto del que nos puedas avanzar algo?

Sí, estoy escribiendo una novela sobre la tendencia del ser humano a exponerse fácilmente a lo tóxico y la idea de los ‘refugios vitales’. No tengo mucho tiempo para escribir en este momento de mi vida, pero ya veremos cómo avanza.