Era feliz en mis párrafos, inventando unos sentimientos, o dejándolos aflorar al correr de la pluma. Ideando unas historias que yo querría vivir, mientras esperaba un tren que nunca llegaba a una estación sin gente. Solitaria, como esas noches en que lloraba creyendo que la mayor de mis tristezas era un amor imposible, platónico.

El beso de Robert Doisneau
El beso de Robert Doisneau

Era ese un tiempo en el que tenía todas las fuerzas para confesarme ante la almohada, para llorar sólo por ver correr las lágrimas a la manera de una heroína romántica, una desdichada soñadora. Ante unas palabras quería comerme el mundo, quería amar, pensaba en los “te quiero” de esas telenovelas irreales, en mis libros y sus mujeres amadas, debatiéndome alrededor de la vida. Llegando a la conclusión de que ésta sin amor pierde la lógica. Pero confundiendo el amor con un sufrimiento, la imposibilidad de lograrlo, de escuchar las palabras más sensibles justo en mis oídos.  El crepitar de mi corazón latiendo, y mi mente intentando echarle al tiempo la mayor carrera, y ganarla. Que el tiempo sintiese que mi victoria podría llevarme a la consecución del AMOR en mayúsculas. Confundía el sentido con la sensibilidad, como en los libros de Jane Austen.

Y cuando llegué al tiempo que deseaba, ahora mis deseos vuelven a mirar hacia atrás. Y no siento la victoria, sino una cierta desazón en mis entrañas al reflexionar sobre lo que fue y no será y sobre la pérdida de esa adolescencia loca que no regresará. Pueden venir otras ilusiones, los besos por fin dados entre te quieros, en susurros y tensiones, pero la sensación de anhelar lo que nunca se tuvo ya no está ahí. Fue cambiada por el acuciante malestar de lo que seguirá formando parte de un pasado. Ilógico por momentos, utópico otros.