Análisis feminista de “Pantaleón y las visitadoras” de Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa escribió en 1973 el libro Pantaleón y las visitadoras, una obra que, desde la comicidad, nos cuenta las peripecias de Pantaleón Pantoja, un capitán del Ejército recientemente ascendido, que recibe la misión de establecer un servicio de prostitución para las Fuerzas Armadas del Perú en el más absoluto secreto militar. De esta anécdota parte un argumento delirante y con muchos de los tópicos y de las ideas misóginas que abordamos en el curso de teoría literaria feminista de la UNED (que pronto tendrá una nueva edición).

Lo primero que hay que tener en cuenta es que se trata de una novela cómica que pretende retratar una realidad y las personalidades de los militares de la época en Perú, aunque bien es cierto que Vargas Llosa se excede en el humor e introduce muchos conceptos que no tendrían por qué ser motivo de risa. En este sentido, me recuerda un poco a los chistes que pululan por las redes sociales en la actualidad sobre ‘maricones’, ‘suegras’ que, bajo la prístina del humor negro, siguen impregnándonos de machismo. Se podría, pues, debatir largo y tendido sobre el humor y sus límites, aunque no es el motivo de este comentario.

Entrando ya en el debate, Pantaleón y las visitadoras podría leerse desde el feminismo, atendiendo sobre todo a dos ideas: los mitos de la mujer, y la institucionalización de la heterosexualidad obligatoria. Veamos.

Las mujeres, representadas como ‘santas’ y ‘putas’

En la novela, las mujeres están representadas siempre como arquetipos, lo que reduce su actuación y las subyuga siempre a los hombres y, concretamente, a Pantaleón, de forma que, o bien son mujeres vírgenes y puras, o bien ejercen la prostitución. Esta idea, que parte del imaginario patriarcal, pretende clasificar a las mujeres como si fuesen meros objetos que careciesen de capacidad para actuar individualmente. La imagen de la esposa santa y servicial se observa ya al comienzo del libro:

  • “ Despierta, Panta- dice Pochita. Ya son las ocho. Panta, Pantita.
  • ¿Las ocho ya? Caramba, qué sueño tengo- bosteza Pantita-. ¿Me cosiste mi galón?
  • Sí, mi teniente –se cuadra Pochita-. Uy, perdón, mi capitán. Hasta que me acostumbre vas a seguir de tenientito, amor. Sí, ya, se ve regio. Pero levántate de una vez, ¿tu cita no es a?
  • Las nueve, sí – se jabona Pantita-. ¿Dónde nos mandarán, Pocha? Pásame la toalla, por favor. ¿Dónde se te ocurre, chola?”

Como se puede observar en el fragmento anterior, Pochita atiende servicialmente a Panta, casi como si fuese su esclava. Del otro lado, aunque también a disposición de los hombres, estarían las prostitutas, que aquí aparecen con el nombre de visitadoras, que forman parte de un lupanar que pretende calmar las ansias sexuales de los soldados, y que se pone en marcha con el objetivo de calmar las violaciones que están aconteciendo en el lugar de Quitos. Estas mujeres vendrían a cumplir los deseos de los hombres pero, eso sí, desde un punto de vista más salvaje y en clara oposición a las esposas abnegadas y virginales.

La heterosexualidad obligada

Como es ya de esperar en una obra de tales características, Vargas Llosa plantea un contraste entre los espacios públicos, en los que se sitúan los hombres, y los espacios privados, donde están las mujeres. En los primeros se toman las decisiones importantes, mientras que en los segundos, simplemente se hace la vida diaria, tantas veces invisible, como hacer camas, tender tapetes, preparar la comida… que, como no, deben hacer las mujeres.  Muy en relación con esta idea, se refuerza aquí una masculinidad hegemónica, caracterizada por la violencia, el machismo, la agresividad, en oposición a las masculinidades disidentes que cada vez se defiende más en la actualidad por parte de algunos autores. Pienso, por ejemplo, en Octavio Salazar, quien desarrolla esta idea en Autorretrato de un macho disidente, o Jorge García Marín, en Papá, por que non pintas as unllas de cores?

Fotograma de la película de “Pantaleón y las visitadoras”

Otro punto de vista desde el que se puede leer feministamente esta obra es observando la heterosexualidad o la diferencia sexual. Como en muchas novelas, y más del pasado, siempre se tiene a transmitir la idea de una heterosexualidad obligada, lo que aquí se evidencia a la perfección, sobre todo a través de los múltiples comentarios que sueltan los personajes con respecto a la homosexualidad y a los ‘supuestos peligros’ que esta acarrea para el mantenimiento de la virilidad masculina.

“Llevar sotana no es llevar faldas, capitán Rojas, y en el Ejército no toleramos a los capellanes con propensión mujeril. Lamento que por su mal entendida noción de la mansedumbre  evangélica, o por simple pusilanimidad, contribuya usted a mantener la abyecta especie de que los religiosos no somos varones enteros y de pelo en pecho, capaces de imitar al Cristo que arremetió a latigazos contra los mercaderes que vejaban el Templo”.

“Se han dado casos de mariconería y hasta de bestialismo – precisa el coronel López López-. Figúrese que un cabo de Horcones fue sorprendido haciendo vida marital con una mona”.

Como se puede atisbar en los dos fragmentos anteriores, la obra denigra la homosexualidad, que parece incluso un castigo, e incide en el poder y su relación con la idea de ser un ‘macho’ para poder triunfar y ser reconocido en la sociedad.

Los mitos machistas

Simone de Beauvoir, autora de la gran obra feminista El segundo sexo, nos explica largo y tendido cómo funcionaron los mitos sobre las mujeres a lo largo del tiempo y cómo se instauraron en el tiempo, además de su relación con el poder patriarcal. Las novelas, el cine, la pintura, la fotografía… han sido elementos que ayudaron a perpetuar determinadas imágenes de las mujeres, casi siempre vistas como objetos.

En Pantaleón y las visitadoras, por ejemplo, encontramos infinidad de fragmentos en los que se presenta a las mujeres como carne de consumo y a disposición de los hombres, sobre todo cuando se habla del servicio de visitadoras, que se pone en marcha para reducir las violaciones y calmar las ansias sexuales de los hombres. La lectura escuece demasiado cuando el protagonista echa cuentas de cuántas mujeres harían falta para cubrir el servicio, junto con la duración y el coste para el ejército.

“Que tomando en consideración este factor y señalando, de manera laxa, un promedio mensual de veintidós días hábiles por visitadora (excluidos los cinco de menstruación y sólo tres domingos, pues no es desatinado suponer que un domingo de cada mes coincida con la sangre cíclica), el SVGPFA requeriría un plantel de 2.271 visitadoras del máximo nivel, operando a tiempo completo y sin percances, es decir 156 más de lo que equivocadamente había calculado el parte anterior”.

Como se puede observar, las visitadoras/ prostitutas son casi esclavas, mano de obra regalada y con el único objetivo vital de servir a los militares. Si avanzamos un poco más, encontramos fragmentos en los que se nota el racismo, de forma que, como ya alertan muchos feminismos en la actualidad, las mujeres de nacionalidades que no sean occidentales sufren más machismo, por su condición de mujeres y también por ser negras, mulatas etc.

“Échele una ojeada a lo que queda de material,  si no – va señalando Chupito- : Zambitas, blancas, japonesas, hasta una albina. Mucho ojo el de Chuchupe para escoger a su gente, señor”.

Y, como no podría ser de otra forma, el libro está repleto de descripciones físicas de las mujeres. El androcentrismo nos lleva a analizar a las mujeres casi siempre desde el punto de vista físico, como si no tuviesen nada más que aportar al mundo que su belleza. Buenos ejemplos de esto son los que siguen:

“No te exagero, Chichita, creo que las mujeres más bonitas que hay en el Perú (con la excepción de la que habla su hermana, claro) son las de Iquitos. Todas, las que se les nota decentes y las de pueblo, y hasta te digo que quizá las mejores sean las huachafitas. Unas curvilíneas, hija, con una manerita de caminar coquetísima y desvergonzada, moviendo el pompis con gran desparpajo y echando los hombros atrás para que el busto se vea paradito. Unas frescas, se ponen unos pantaloncitos como guantes, ¿y tú crees que se chupan cuando los hombres les dicen cosas?”

“ – Aquí las tiene, señor Pantoja – brinca de un lado a otro, indica silencio, da ejemplo de seriedad, las alinea Chupito-. Ordenadas y formalitas. A ver, chicas, volteen a la derecha. Así, muy bien. Ahora a la izquierda, muestren su lindo perfil”.

El feminismo y la literatura

Mientras leía esta novela experimenté una serie de contradicciones, manifestadas sobre todo en los límites de la literatura y si esta debería ser o no políticamente correcta. La verdad es que creo firmemente en la libertad de expresión pero, eso sí, también me parece que la literatura debe intentar de alguna forma construir un mundo mejor o, por lo menos, poner ciertas realidades en el foco del debate. Puede que Vargas Llosa intentara precisamente esto, hacernos reflexionar sobre la sociedad de esos tiempos y en el lugar concreto del Perú, y por eso tiene cierto sentido que la obra se construya con tópicos machistas y humor negro. Eso sí, yo creo que hay ideas que se repiten hasta la saciedad y que podrían calar en el público lector como normales: mitos de las mujeres, la heterosexualidad obligada, las masculinidades hegemónicas… conceptos que se fueron desarrollando en este trabajo crítico y con un análisis eminentemente feminista.

Ficha técnica

Título: Pantaleón y las visitadoras

Autor: Mario Vargas Llosa

Año de primera publicación: 1973

Año de la edición: 2005

Editorial: Alfaguara

Número de páginas: 326

Escrito por

Graduada en periodismo y enamorada de la lectura y la cultura. Porque leer nos hace mejores personas.

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