El autor venezolano Edgar Borges
El autor venezolano Edgar Borges

Leer a Edgar Borges (Caracas, Venezuela, 1966) supone ver tambalearse el mundo bajo nuestros pies. Lo conocí a través de su novela La ciclista de las soluciones imaginarias, una historia que, aunque fue publicada en 2014, sigue cosechando buenas críticas y descubrimientos literarios. El autor venezolano nos lleva a un mundo nuevo, donde la imaginación ocupa un lugar céntrico, erigiéndose como el mecanismo de cambio y de revolución de pensamiento. Entre sus libros más potentes se encuentran ¿Quién mató a mi madre?, La contemplación, Crónicas de bar, El olvido de Bruno o El hombre no mediático que leía a Peter Handke. Ante sus historias turbulentas de comienzos impactantes y con una gran presencia de la imaginación, muchos críticos coinciden en que se trata de uno de los narradores latinoamericanos más importantes de las últimas generaciones.

Pregunta (P): Eres un venezolano residente en España desde hace una década, ¿cómo es el proceso de adaptación? ¿Notaste muchas diferencias entre ambos países?

No tuve mayor problema porque había viajado desde temprana edad. Muy joven estuve en Nueva York lo que me permitió asumir una perspectiva abierta en el tema de las nacionalidades. Después conocí España mucho antes de fijar la residencia. Desde un principio hice buenos amigos tanto en la literatura como en la vida en general. Hoy España se ha convertido en otra de mis casas, siempre asumiendo que la casa de todos es el planeta.

(P): Tus novelas nunca dejan indiferente, ya que remueven las formas de entender la vida. ¿Qué pretendes con tu literatura?

¿Pretender? Es difícil pretender algo distinto a la necesidad de expresar algo. Sin embargo, más allá del asunto personal que me mueve a leer y a escribir, es cierto que me interesa escribir historias de múltiples realidades. Me interesa articular una narrativa de supuestos, donde el lector sienta el interés de regresar a una determinada página para interpretar la historia en otra dirección, su dirección. Mis libros pretenden ir colocando espacios, tiempos y personajes ante diferentes posibilidades. En la vida y en la literatura evito los argumentos cerrados en términos de estructura.

(P): La ciclista de las soluciones imaginarias, publicada en 2014, continúa estando de plena actualidad. ¿Se podría entender como una lucha contra una realidad enconsertada que nos atrapa?

La receptividad hacia esta novela me ha sorprendido, principalmente porque en estos tiempos las grandes corporaciones editoriales han creado la  no literaria dinámica de publicar libros con fecha de caducidad. En medio de esto “La ciclista” sigue su ruta de ediciones, críticas y lectores, eso lo agradezco. Más que entenderla como una lucha, observo que algunos personajes de la novela representan la necesidad de defensa de la mirada humana ante la velocidad arrolladora de un hoy que tiene muy poco de nuestro ritmo natural. “La ciclista” es una metáfora del “hormigueo interno” que nos lleva a preguntarnos si en realidad somos lo que alguna vez quisimos que fuera nuestra vida. Eso le ocurre al personaje del señor Silva, una mujer en bicicleta le hace replantearse los dogmas que ha aprendido. ¿Juego o burocracia? ¿Vida o sistematización? ¿Individuo o masa?

(P): ¿Qué papel desempeña la imaginación en el cambio de mentalidad y de sociedad?

La imaginación representa tanto que sin ella retrocedemos hacia un estado primitivo. Ya lo decía Albert Einstein, “la imaginación es más importante que el conocimiento”. Hay discusiones nocivas que hablan de conocimiento e ignorancia como equivalentes a perversidad y bondad. Sin embargo, en ese debate intencionado no introducen la imaginación. Toda forma de conocimiento o de ignorancia termina siendo peligrosa y mediocre si no acude a la imaginación. Las sociedades se adoctrinan a través de las normas, nunca de la imaginación.

(P): La lucha entre los que defienden el estatismo y los que pujan por un cambio es patente en La ciclista… ¿de qué lado estás tú?

Del lado del ser humano, del individuo. No puede haber colectivo ni pueblo si no hay individuos. El concepto masa es utilizado, por unos y otros, desde  un tratamiento impersonal que nos debilita. Es paradójico que la llamada globalización va acompañada de la segmentación humana en grupos y clasificaciones mentales. Interesa establecer una cantidad determinada de miradas, y excluir la particularidad que habita más allá de las conductas que se promueven.

(P): ¿Qué simboliza esa ciclista que irrumpe en el barrio y a la que todos acusan de ser una hechicera?

“La ciclista” representa el conflicto entre la voz del sujeto y la voz del entorno. ¿Cómo congeniar el ser con el somos? ¿Qué hacer ante el manual colectivo que dice que toda persona es de una determinada manera? La vuelta a esas preguntas de parte de un funcionario público es el centro del conflicto que plantea la llegada de “La ciclista”. El hechizo del personaje femenino de la novela es renunciar a los formularios para montar en bicicleta.

(P): La novela se sitúa en un ayuntamiento del norte de España aunque no sabemos en cuál. ¿Nos puedes dar más pistas?

La interpretación del lugar es abierta para intentar dibujar la confusión de los personajes. Se habla de Madrid, como se habla de Gijón, pero el lugar en mis novelas nunca está claro. Me interesa exponer la descolocación de los involucrados en las tramas.

(P): ¿Tu historia se basa en la realidad?

No, para nada pretendo enjaular la realidad en una novela. Primero porque me gusta hablar más de realidades que de realidad, segundo porque considero que el arte no es una crónica de ninguna realidad. El arte, como lo pretendí en esta novela, atraviesa una realidad y la contamina de posibilidades, mas nunca la copia, mas nunca la deja igual. En todo caso una novela debería lograr estremecer la realidad del lector. Que después de cerrar el libro el suelo se mueva. Eso es literatura.

(P): La primera frase de esta novela dice así: “Un día después de muchas semanas de asomarme en el balcón de mi piso, vi la nada”. Una primera frase maravillosa que me hace preguntarte si eres de los escritores que dan un valor clave a los comienzos.

Ese interés me nace como lector. Me gustan los comienzos y los finales que hagan volver a ellos. Que se conviertan en Bisagras de la experiencia lectora.

(P): Esa primera frase también nos lleva a pensar inevitablemente en muchas de las obras de Gabriel García Márquez, ¿eres consciente de esta percepción?

No lo había pensado, específicamente de García Márquez me lo haces pensar con tu afirmación. Es posible que venga de mis lecturas. En mi adolescencia leí la obra de García Márquez con mucho interés. Me impactó mucho, sobre todo, el inicio de “Crónica de una muerte anunciada”.

(P): ¿Cómo surge la historia desde que un día la piensas hasta que se plasma en el papel?

Cada historia me surge de alguna observación. Determinado punto se me vuelve obsesivo hasta que la mirada se pierde. Una vez que la mirada se extravía, nace una idea. Luego el tiempo dice si esa idea merece ser desarrollada y si tiene sentido exponerla en papel. Primero hago apuntes en cuadernos (de dibujos porque necesito escribir en espacios en blanco) y si se mantiene la obsesión los llevo a ordenador en forma de historia.

(P): Libros como el tuyo hacen reflexionar sobre la necesidad que hay de reaccionar ante el mundo que nos rodea, ¿qué podemos hacer en este sentido?

Dejar un poco la nostalgia y participar en la creación de una nueva realidad social. De la derecha nunca he esperada nada, lo preocupante es que no tenga nada que esperar de la izquierda cuando se supone que de ese liderazgo debería surgir el planteamiento de una nueva realidad. Percibo un desgaste y una banalización en los discursos, la política se ha convertido en una forma de figuración pública dejando de lado el argumento y la propuesta. Este virus de frivolización que sacude las profesiones y los oficios nos está llevando a un retroceso. Si el pensamiento se aparta, quizá por considerarse como “algo pasado de moda”, nos estamos restando toda posibilidad como especie. Seremos  una tribu de idiotas o volveremos al estado primitivo de donde partimos.  ¿Qué podemos hacer? Hoy el arte que se difunde es el que ofrece entretenimiento, esto limita el alcance de la obra como vía de conmoción del individuo. Por otro lado la política se ha reducido al ruido y al disparate. Creo que urge la irrupción de un argumento político que trascienda la lógica derecha-izquierda y que interprete las realidades de este siglo. Tampoco podemos olvidar la revisión del concepto pueblo, pues, con los resultados obtenidos, no nos puede bastar con cuestionar a los líderes políticos que nos han llevado al desastre. Por omisión o parte habrá que preguntarse cuál ha sido la responsabilidad de cada uno para que la sociedad haya desencadenado en un algo no deseado. Algo de la realidad general habita en nosotros. Por ello el individuo es la única posibilidad de cambio colectivo.

(P): La literatura puede agitar conciencias y cambiar la forma de pensar, ¿crees en el papel del escritor como formador de opinión y cronista de un tiempo?

Respeto el papel que decida asumir cada escritor. A mí como lector no me interesa que ningún escritor convalide realidad alguna, por ello evito hacerlo como escritor. El escritor como guionista de la realidad imperante me parece sospechoso. Es algo así como un registrador de la propiedad. Tampoco me interesa formar la opinión de los lectores. Más bien desearía que el lector de mis libros cambiara las certezas por la búsqueda de dudas. Lo concreto por lo invisible.