Nos faltó nuestro mar. Las lágrimas que habíamos derramado por la inconsistencia de un amor que quería ser y no fue, no tenían ansias para construir ni tan siquiera un mísero lago. Esos “te amo” dichos a contraluz después de un polvo no garantizaron que la unión de los cuerpos cuajase como lo hacen las letras de un poema de Benedetti.

Y, por mucho que leyesen obras de arte, la suya no iba a ser más que una gota en el vaso lleno de agua. Que no era lago, ni tampoco mar. Era ilusión, pero eso no bastaba. Más bien llegó un momento en que sobró.

Foto de Edward Weston
Foto de Edward Weston