Creía en el amor a primera vista, ese amor romántico alimentado por las novelas leídas en mi adolescencia. Conocí a Federico Moccia y su A tres metros sobre el cielo y yo también quería un novio como Hache con sus virtudes y unos defectos apenas vistos. Por aquellas tenía 16 años, más o menos, y no sabía que el tiempo  es el que te ayuda a escoger un amor u otro.

Ahora, tras pasar pocas relaciones, una carrera universitaria y encontrar a una persona especial desde hace tres años puedo decir que ese tipo de amor existe si dos personas se empeñan en mantenerlo. Que las tonterías que se hacen en la adolescencia se pueden repetir si dos almas locas persisten en ello y que los amores más duraderos son aquellos en los que se tarda mucho en pasar de la ilusión al hastío, o quizás nunca se pase. Había conseguido la locura que nunca cesa, y me sentía demasiado cómoda en ella.

Eso me lo habrían de enseñar los libros en los que creía siendo una chica, pero también la vida y las propias vivencias experimentadas en carne propia.