Una crítica de Los años de peregrinación del chico sin color

ImagenCuando uno lleva a sus cuestas una veintena de libros publicados, las exigencias del público lector y de uno mismo son mayores. El escritor japonés Haruki Murakami debía hacer frente a unas demandas exigentes. Sus fans esperan cada vez más una explotación del lenguaje y de las experiencias oníricas.

Quizás fue su fracaso en la consecución del Nóbel o el paso del tiempo, pero Murakami pierde en su último libro, Los años de peregrinación del chico sin color (octubre,2013) parte de su áurea, mucho de su universo mágico a los que el lector está acostumbrado.

Haruki Murakami (Kioto, 1949) es un escritor japonés de alto reconocimiento  mundial a raíz de la publicación de Tokio Blues, lo que él consideró desde el primer momento una estrategia comercial para lanzarse a la fama mundialmente. Y lo consiguió, vaya si lo consiguió. A raíz de la lectura de su opera magna, personalmente, fui en busca de sus otros libros porque necesitaba de esas palabras capaces de decirnos las verdades de la vida en las que a menudo no pensamos, pero que son su esencia. Y Murakami adquiere un sentido especial en un contexto en que se banaliza lo considerado superfluo o ñoño. Pues, a veces nos viene bien perder un poco de nuestro tiempo leyendo o “perdiendo el tiempo” como recuerdo que decía Julio Llamazares.

Si en los anteriores se daba una contradicción muchas veces entre la realidad y el mundo de los sueños o inconsciente, aquí esa oposición es mucho menor, incluso me atrevo a decir que desilusiona. No es el Murakami que conocemos, el que va más allá del lenguaje, el que acude a impensables metáforas y comparaciones para hacernos llegar temáticas aparentemente simples. La complicidad está en la reflexión que introduce.

Al margen de lo anterior, tenemos los leitmotiv, que se repiten en todos sus libros y este no es excepción. El paso del tiempo y la vuelta a la infancia como el mejor lugar impensable. El regreso a aquellos tiempos irrecuperables porque la vida pasa y deja su huella en nosotros en forma de recuerdos, que son los que hacen que los momentos se vuelvan más vívidos.

El tema principal del libro es la soledad, la nostalgia al no poder se diferentes de como somos, de no poder ser de otro color. Murakami explora aquí la inocencia de esas personas que se creen innecesarias en un mundo en el que, supuestamente, todos tienen algo que ofrecer. Es en cierta forma un homenaje al acordarse de aquellos de los que nadie se acuerda porque nunca destacan, o no quieren destacar, en nada.

Y vuelve a tratar la literatura y la música como sus inspiraciones. Estas dos artes son las que hacen vivir la vida de otra forma, y murakami explota esta propiedad.

Detrás de Tsukuru Tazaki, el chico sin color está su infancia, sus recuerdos, su capacidad para sobreponerse a las circunstancias, pero también está su contexto, formado por las personas y lugares que, en algún momento, formaron parte de su vida. Siempre está bien recordar aquello que decía el español Ortega y Gasset del individuo y sus circunstancias. Porque son siempre unas circunstancias las que marcan un porvenir. Y se trata de encontrar un lugar en un mundo cada vez más mutante.

El lenguaje es menos experimental, más directo. Las cosas claras. Aunque si que encontramos las citas profundas del autor, recurrentes en todos los libros. Los años de peregrinación del chico sin color se parece en el fondo a todos los libros, pero dista en su forma.

Para concluír, incluyo dos citas del libro para que cada quién reflexione, porque Murakami es ante todo para reflexionar y sentir cada palabra en el borde de tu piel:

 “En este mundo existen colores buenos, deseables, y colores que transmiten malas vibraciones. Colores alegres y colores tristes. Hay personas con un halo intenso y otras con un halo difuso”.

 “Los corazones humanos no se unen sólo mediante la armonía. Se unen más bien, herida con herida. Dolor con dolor. Fragilidad con fragilidad. No existe silencio sin un grito desgarrador, no existe perdón sin que se derrame sangre, no existe aceptación sin pasar por un intenso sentimiento de pérdida. Esos son los cimientos de la verdadera armonía”.