A veces siento que mis recuerdos son más profundos que la vida del día a día. Volvería una y mil veces a ese pasado en que una riña entre hermanos o una chivatada de amigos era lo más grave que te podía acontecer. En ese mundo dónde la vida daba una y mil vueltas, pero tú tenías la impresión de estar envuelto en un sueño eterno, plagado de tus muñecos, tus juguetes y un sinfín de vidas paralelas inventadas y mantenidas en tu imaginación con la ayuda de los “mayores”.

Recordar años después esos tiempos produce cierta nostalgia, cierta desazón al estar frente a un tiempo ya perdido, una sensación de saber que tú eres el dueño de esas vivencias pero que éstas no van a manifestarse otra vez físicamente, sólo van a regresar a tu imaginación. Solamente permanecen en tu mente, en tu corazón. Como un baúl que cuando tal se abre para echar fuera lo vivido pero que, inmediatamente, va a quedar enclaustrado de nuevo. La vida es ese baúl viejo, esa caja llena de fantasías, de hechos viejos como son los recuerdos.

¿Acaso es bueno recordar? Alguien me decía que volver la vista atrás es bueno, te ayuda a reflexionar, a madurar la vida, a verla desde otra perspectiva diferente a como la veías en el momento de vivir ciertos momentos. Pero ocurre también que los recuerdos pueden ser dañinos.

Consuela volver atrás y observar que en un tiempo fuimos felices (o muy felices), incluso más de lo que ahora, en el tiempo presente, somos. Pero esa felicidad de antaño relativiza el presente, al entrar en una espiral dónde el pasado es más vívido que el presente.

Esta reflexión sobre el regreso al pasado me viene a mí a raíz de la lectura de Mi Ántonia  (1918) de la flamante, y recién descubierta, Willa Cather. La novela está esbozada con una maestría tal que las praderas de Nebraska parecen las mismas de tu infancia, unos prados en los que Jim Burdon recuerda haber pasado momentos deleznables con la bella Ántonia. Me da la impresión de ser unos paisajes característicos de toda infancia, como universales. El sol que ilumina los hierbajos en primavera, la nieve que deja su paisaje tan característico en invierno… es un paisaje meramente bucólico, casi perfecto, descrito a la manera de un personaje más. En mi mente pululan otros tantos ambientes que hacen revivir el pasado.

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Aunque el libro sea una visión realista de los primeros extranjeros que pasaron por América del Norte, lo cierto es que se vuelve un constante retorno a nuestra infancia, a  a ese pasado que nos va a marcar siempre. Lo que fuimos es en cierta manera lo que hoy somos.

La vida da mil vueltas y en cada una de esas vueltas aparecen unas personas que llenan una etapa. Esas personas pueden ser más adelante unas completas desconocidas, o alguien imprescindible en tu lucha diaria por la felicidad. Y, ¿quién no soñó con reencontrarse con esas personas y vivir los mismos hechos sin que se note el paso del tiempo? Willa Cather es consciente de ello, y lo hace posible en Mi Ántonia.

Por otra parte, cada libro tiene su historia y me hace sentir de una forma única. Éste me conminó a rememorar mi pasado, esa infancia ya vivida en la que cada detalle significaba un descubrimiento, en la que no se veían las maldades del mundo, en la que la inocencia era una aureola mágica que siempre estaba tras tu cabeza.

Y ahí pretendía llegar yo. A recordar esos viejos tiempos con las lágrimas en los ojos, no con tristeza sino con ternura, con esa ternura embriagadora de nuestra niñez. Porque esos momentos pusieron todos ellos un granito de arena en la construcción de mi felicidad. Recuerdos positivos, recuerdos negativos, todos te ayudan a madurar como persona, a ver que la vida tiene etapas y en cada etapa existen ciertos momentos exclusivos. Aún así, “carpe diem” o “collige, virgo, rosas” como dirían los clásicos.

“Me recordarás siempre cuando pienses en  los viejos tiempos, ¿verdad? Y supongo que todo el mundo piensa en los viejos tiempos, incluso los más felices.” Willa Cather.