Dispara, yo ya estoy muerto es un título sugerente,  de esos que siempre me llaman la atención a la hora de leer un libro. Siempre me gustó escoger la literatura por un nombre llamativo o por una portada también fuera de lo normal.

Julia Navarro explora una narrativa y estructura muy semejantes tanto en el reciente libro como en el tan exitoso Dime quién soy. Es una estructura que funciona. Sus libros son una lección humana e histórica. Una manera de dar voz a esos hechos de la historia que están ahí pero que parecen no recordarse mucho.

Parece que  la escritora madrileña se queda para siempre en el oficio de escribir ficción. El periodismo la agota. Y para mí, la literatura a veces tiene un sentido lógico para cada persona. Su Dispara, yo ya estoy muerto es un libro de circunstancias a la manera de Ortega y Gasset. Queda una sensación de que el destino de los hombres está ahí, en cualquier parte, y que hagas lo que hagas no vas a poder fugarte.

La vida de una familia de palestinos árabes y otra de judíos se ve truncada por las grandes luchas en las que están por su añorada Jerusalén. No es un libro sionista ni islámico, simplemente te da una visión imparcial de cómo viven ambas partes este conflicto del que sólo fueron y son una pieza más. Porque tanto israelís como palestinos son un juguete en las manos de las grandes potencias, que pretenden hacer fructificar sus propios intereses territoriales.  No dejando de lado la explicación del conflicto histórico, en esta historia el amor humano es lo mejor de todo: dos familias que por circunstancias no podrían ser amigas pero a los que los une algo más que una tierra, el sentimiento de haber compartido toda una serie de ideales y vivencias antes de que se truncase todo lo que habían conseguido. Y a raíz de ahí, negarse a continuar con la amistad puede ser una obligación, pero no tiene sentido. La religión no debería ser quién separase a los hombres, cita muy repetida a lo largo de la novela. Pero sí la separa, y eso lo vemos en el imprevisto final del libro: un final que, por lo menos yo, no esperaba para nada. Otra vez, las circunstancias son las que deciden.

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En Oriente Próximo viven este conflicto desde la Primera Guerra Mundial y más profundamente desde 1948. La sensación que le queda al lector es la de que nadie es dueño de su destino. La vida es un ir y venir que va marcando a cada cual su ruta y las personas a las que tiene que amar u odiar. La libertad sólo es un bien para unos pocos. En muchos lugares aún no se ha llegado a conquistar ese derecho fundamental.

Y dejaré que una vez más  el destino decida por mí… es mejor, así no me sentiré culpable de lo que haga.