Cata literaria: “Noche de junio”, de Hermann Hesse

“La joven señora hizo una pausa y se abanicó, primero con la rosa del día, y después con el verso del día, que le había gustado especialmente porque la halagaba mucho. Luego, estuvo buscando un rato entre las partituras, eligió una y la puso en el atril, que tenía forma de guitarra, y empezó a tocar otra vez. Era una pieza de Mozart, ligera y graciosa. La final música saltaba con segura elegancia, grácil, pero sin brusquedades, siguiendo su propia cadencia con juguetona sorpresa. El bajo, concretamente, parecía olvidar con frecuencia el acompañamiento de las variaciones y repetía jocoso, con su voz profunda, el risueño tema, como el anciano que mira, divertido, cómo baila la juventud.

Durante la interpretación, la mujer ladeaba de vez en cuando la rubia cabeza y pensaba con deleite en su poeta. Le parecía estar viéndolo, sentado en su banco semicircular debajo de los castaños, contemplando con su mirada profunda el cielo iluminado por la luna. Y le veía volver la cabeza hacia el pabellón y suspirar mientras escuchaba la música con avidez. Estaba pálido, y su cara, a pesar de su gesto altivo y enérgico, delataba una expresión enternecedora, un poco desvalida y un poco infantil.

La música se interrumpió y el silencio de la noche se abatió como un mar oscuro sobre la melodía inacabada.

La joven y hermosa señora salió del pabellón en silencio, olvidando el sombrero, para regresar al castillo. Pero a la mitad del jardín, delante de la rosaleda, donde convergían las cuatro avenidas, se detuvo. Acababa de ocurrírsele una idea. Dio media vuelta y, lentamente, siguió por el camino que conducía a la escalinata. Andando despacio, con la cabeza erguida, cruzó pro entre los arbustos, subió los cuatro peldaños y salió a la glorieta donde, a la sombra de los castaños, sabía que estaba el poeta.

La mujer dejó atrás la línea de sombra, dio unos pasos por el óvalo de luz blanco, se llevó las manos a la nuca, y echó atrás la cabeza. Se quedó erguida, voluptuosamente, como un hada de los jardines que quisiera bañar de luna su hermosura. Aspiró profundamente. Su belleza resplandecía magnífica sobre el fondo oscuro de los majestuosos árboles. Y en la oscuridad, espiando en silencio, el poeta temblaba de emoción. Fue un momento exquisito”.

 

(Del libro Noche de junio, de Hermann Hesse).

Escrito por

Graduada en periodismo y enamorada de la lectura y la cultura. Porque leer nos hace mejores personas.

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