El exilio interior. La vida de María Moliner

Hay que aspirar, como ideal, a una organización tal que permita que cualquier lector en cualquier lugar pueda conseguir cualquier libro que le interese”.

El bibliotecario, para poner entusiasmo en su tarea, necesita creer en estas dos cosas: en la capacidad de mejoramiento espiritual de la gente a quien va a servir y en la eficacia de su propia misión para servir a ese mejoramiento”.

María Moliner escribió las dos frases anteriores para referirse a esa necesidad de llevar la cultura y, más concretamente, la lectura, hasta el último recoveco del Estado español. Soñadora nata, trabajadora incesante, ella nos enseñó que ni todas las trabas puestas pueden acabar con un objetivo. El suyo consistía en fomentar la cultura y por eso nos dejó el Diccionario de Uso del Español (DUE) y algunos documentos y proyectos interesantes para implementar de cara a la creación de una red unida de bibliotecas rurales, que estuviesen perfectamente ensambladas con las urbanas. El acceso a la cultura como un bien universal, ese era su lema y por ello luchó incansablemente, tarea no exenta de problemas y de trabas.

María Juana Moliner Ruiz nació el 30 de marzo de 1900, una fecha que coincide con el inicio del siglo XX, motivo por el cual ella solía bromear con aquello de que había nacido “en el año cero”, en la localidad zaragozana de Paniza. Desde bien jovencita sintió el amor de las palabras, algo que observamos en un episodio que ella evoca sobre una redacción que Américo Castro le corrigió cuando iba al colegio. Ella lo contaba siempre en tercera persona:

A M.M. le venía de antiguo su manía gramatical. Ya de niña, cuando recibía sus lecciones de análisis en la Institución Libre de Enseñanza, ciertas cosas le daban tema para seguir pensando y recreándose en lo que, aunque a ella entonces no se le ocurría llamarlo así, constituye la lógica maravillosa del lenguaje, tan sugestiva como la de las matemáticas, pero de interés más general. En una ocasión, tras una excursión realizada con Américo Castro, este corrigió los ejercicios de redacción de los alumnos hechos a propósito de ella. M.M. observó en el suyo, al serle devuelto, que estaba subrayada una frase declarativa resuelta en la forma ‘yo fui la primera que llegué a la casita’ (se podía haber dicho ‘yo fui la primera que llegó…’). Quizá fue este primer tema para una meditación de las que han ocupado su mente muchas veces a lo largo de su vida y que han tomado forma en el Diccionario de Uso del Español”.

María Moliner trabajando en su diccionario
María Moliner trabajando en su diccionario

Licenciada en Historia en la especialidad de Filosofía y Letras, su expediente estuvo plagado de sobresalientes y matrículas de honor, y ya con 16 años participó en la elaboración de un diccionario de voces aragonesas. Según cuenta Inmaculada de la Fuente en el libro El exilio interior. La vida de María Moliner, ella aprueba las oposiciones el 14 de julio de 1922 y es destinada al Archivo General de Simancas. Posteriormente pasará al Archivo de Hacienda de la Delegación de Murcia, donde no solo trabajó como archivera sino que fue nombrada ayudante en la Facultad de Filosofía. Por esos años conoce a Fernando Ramón y Ferrando, catedrático de física y con él tiene una primera hija que fallece y que causa un gran dolor al matrimonio.

Dice De la Fuente que “su gran pasión durante el período republicano y la Guerra Civil fue poner en pie una biblioteca, repartir libros, fomentar la lectura”. Un espíritu que le viene en mayor medida de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), en el marco del que surge el proyecto de las bibliotecas circulantes, amparadas por las Misiones Pedagógicas. Precisamente, y a partir de su traslado al Archivo regional de Valencia en 1931, forma parte de la delegación valenciana de las Misiones Pedagógicas, junto a José Navarro Alcácer y Angelina Carnicer. Las cifras demuestran que en 1933 este organismo ya había creado 3.151 bibliotecas rurales, por las que habían pasado un total de 198.450 adultos y 269.325 niños. Una tarea en la que tuvo la ayuda de profesores y bibliotecarios de los pueblos, aunque también se encontró con otros más acérrimos a colaborar. Tal es el caso de un “director, viejo, maestro encargado de la biblioteca, viejo. Todo en la escuela huele a ranciedad. Cobran diez céntimos por cada libro que prestan. Dicen que si no lo hicieran mucha gente pediría por pedir…”

Todo avanzaba de forma mágica y los sueños se iban logrando, aunque quedaron interrumpidos por el fantasma del golpe de Estado y de la Guerra Civil que dividió España en dos mitades desde julio de 1936. A partir de ese momento muchísimas personas, entre ellas intelectuales, se vieron obligadas a emigrar a otros lugares más seguros. Y otros tantos quedaron en la península, aunque subyugados bajo el miedo y la dictadura. El exilio interior cubrió las ilusiones de las personas que, como María Moliner, habían intentado construir un mundo mejor. A ella le dieron donde más le dolía, incautándole el coche que la llevaba a los pueblos como responsable de las bibliotecas rurales, y a partir de 1939 comienza ya el despojamiento de cargos y responsabilidades, un proceso alevoso llevado a cabo por el régimen franquista. En el caso de María Moliner, en el pliego de cargos se la acusa de “simpatizante con los rojos y roja”, además de otras muchas cuestiones.

Pliego de cargos de María Moliner
Pliego de cargos de María Moliner

Relegada al Archivo de Hacienda, comienza entonces para ella un periodo de exilio interior, conviviendo en un mundo hostil y viéndose obligada a compartir el mismo aire que el enemigo. En 1946 deja esa Valencia que le había dado tantas cosas positivas (y también negativas) para irse a Madrid, donde comenzará a trabajar en la Biblioteca de la Escuela de Ingenieros Industriales, y ahí comienza a concebir en DUE, que presentará en 1967 tras un largo y arduo trabajo en soledad. Todo el mundo la felicita y ella sale del exilio impuesto por esos años. Años después, en 1972, la proponen para entrar en la RAE pero de nuevo el tufillo machista no la dejó formar parte de una institución de la que solamente habían formado parte los hombres. No fue hasta 1978, que una mujer es aceptada a ocupar un sillón. La afortunada será Carmen Conde, la cual le dedica ese puesto a Moliner.

El Diccionario era ella. Pero ella era mucho más que el Diccionario”. Eso dice Inmaculada de la Fuente en esta biografía intensa de una de las grandes mujeres de nuestra historia, amante como nadie de las palabras y consciente de que no hay mejor arma que la educación para el ejercicio de la libertad. Ella, que había tenido la fuerza de crear un diccionario y de tocar todas las palabras del español, pasó los últimos años de su vida sumida en un nuevo exilio, esta vez debido a un alzheimer del que solo la liberó la muerte el 21 de enero de 1981.

Me entristece saber que, como dice De la Fuente, “la vida puede reducirse de pronto a regar las flores, a mirarlas, quizá a ponerles nombre de nuevo, o incluso a recordar a través de ellas otros lugares, tal vez otros tiempos… La Pobla, Valencia, Murcia, Simancas, Madrid, Paniza…” Pero al mismo tiempo me esperanza que el mundo haya tenido la oportunidad de conocer a una mujer que nos ha dado tanto. Como bien decía Gabriel García Márquez en un artículo publicado en El País a raíz de su muerte, “sus únicas herramientas de trabajo eran dos atriles y una máquina de escribir portátil, que sobrevivió a la escritura del diccionario”. La ilusión es realmente el resorte para llevar a cabo las acciones más hermosas.

Ficha técnica

Título: El exilio interior. La vida de María Moliner

Autora: Inmaculada de la Fuente

Editorial: Turner

Año de publicación: 2018

Número de páginas: 364

Escrito por

Graduada en periodismo y enamorada de la lectura y la cultura. Porque leer nos hace mejores personas.

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