Gabi Martínez y Domingo Escudero, médico en el que se basa la aventura narrada en "Las defensas"
Gabi Martínez y Domingo Escudero, médico en el que se basa la aventura narrada en “Las defensas”

Es el libro de moda, pero no es esto nada peyorativo. Más bien todo lo contrario. Gabi Martínez, barcelonés y periodista, ha escrito una obra que está siendo loada desde todos los ámbitos como valiente y arriesgada, además de por contar con una voz potente y novedosa.

Las defensas se basa en un episodio real que le había ocurrido a un reputado neurólogo cuando un día, por arte de magia, se volvió literalmente loco. Resulta muy sorprendente conocer el periplo de una persona que ve tambalearse los cimientos de su mente cuando siempre se había dedicado a estudiarla. Camilo Escobedo es el protagonista de esta aventura, que le presentó a Gabi un día en la feria del libro de Barcelona al remate de una firma de libros. Cuenta el autor que Camilo se acercó a él y le dijo que tenía una historia que bien podría ser protagonizada por George Clooney. Ahí partió la aventura y de las conversaciones mantenidas nace Las defensas aunque, como bien se nos advierte, lo que es realidad y ficción queda como secreto del chef, en este caso de los chefs. Porque Las defensas es una obra grandiosa y en ella se reflexiona sobre el desmoronamiento de una familia de clase media, sobre la vida personal y profesional, el amor, la literatura, la medicina y sus rencillas… y, sobre todo, cómo todo se puede tambalear de repente, y cambiar la vida para siempre.

(P): Con una gran experiencia en el periodismo y en la literatura de viajes, ¿cómo es que te decidiste a escribir sobre la locura?

Después de muchos años explorando otras realidades, al terminar Voy me vi en condiciones de enfrentar mi entorno, mi sociedad, y era sobre ella sobre la que quería escribir. De hecho, estaba trabajando en otro libro con Barcelona de fondo cuando apareció la historia de Las defensas, y creí que era perfecta para desarrollar varios temas que tenía en la cabeza. La odisea de Camilo Escobedo sirve para proyectar las enormes tensiones cotidianas que vivimos en sociedades diseñadas para supuestamente vivir bien. La historia habla de cómo un ciudadano en teoría acomodado puede cargarse de estrés hasta un extremo impensable, y su experiencia es tan ejemplar que no sólo le ilustra a él sino también a su sociedad, que es la nuestra.

En realidad, este libro no se entiende sin, por ejemplo, el que escribí sobre la Gran Barrera de Coral Australiana. Viajé a Australia tras descubrir que si la temperatura del planeta aumenta dos grados, un noventa por ciento de los corales de la Gran Barrera morirán. Y parece que así va a ser, porque el cambio climático resulta imparable. Lo que he hecho en Las defensas ha sido enfocar a un “coral” de ciudad, una persona, impulsado por la misma pregunta: ¿cómo lo podemos proteger?

(P): Las defensas es una propuesta arriesgada y valiente, empezando porque es capaz de unir la medicina (la neurociencia) con la literatura, ¿qué se pueden enseñar la una a la otra?

Muchos médicos poseen una gran formación humanística. En concreto, los que se ocupan de enfermedades mentales suelen ser buenos lectores de novela, porque en las tramas encuentran comportamientos humanos que les ayudan a intuir cuál puede ser el problema de sus pacientes… reales. La demostración del talento literario del gremio lo tenemos en la proliferación de estupendos libros escritos por neurólogos. Ahí están los de Oliver Sacks, el Ante todo no hagas daño de Henry Marsh, el de Paul Kalanithi… Por su parte, la literatura parece más reacia a interesarse por asuntos médicos. No hay muchos libros, aparte de los escritos por los propios profesionales, que se hayan aventurado en ese terreno. Quizá intimide la complejidad de entrar en un universo científico, pero cuando algún autor lo ha hecho con decisión, ha aportado una interesantísima mirada desde el interior de esas cabezas en general poco exploradas. Ahí está el Sábado de Ian McEwan, por ejemplo. O, aunque se trate de un médico de otra disciplina, el Tiempo de silencio, de Luis Martín Santos.

(P): Aunque partes de la realidad, lo cierto es que te has permitido las licencias que ofrece la ficción, ¿cómo ha resultado la combinación de ambas?

El objetivo a la hora de transmitir una historia es la verosimilitud absoluta, que resulte indiferente cuánto hay de verdad o invención en el relato porque el conjunto suena a verdad indiscutible. Diría que la mayoría de escritores parten de historias reales que después distorsionan más o menos. Recuerdo que leyendo El Hobbitt pensé que Tolkien había maleado los personajes de su propio entorno asignando a cada uno un papel exótico, enmascarándolos, y había hecho de las pruebas, los desafíos cotidianos, algo espectacular, pero que en realidad estaba hablando de temas tan comunes y universales que por eso te mantenía dentro, interesándote. Es decir, la combinación de realidad y ficción forma parte de la escritura, y disfruto mucho de ese juego.

(P): Desde el comienzo asistimos a la narración de la evolución de Barcelona desde la posguerra hasta nuestros días, ¿has querido plasmar el cambio de la ciudad y de sus gentes o es solamente un elemento casual de la novela?

Como dije antes, quería escribir sobre la ciudad. En la novela hay dos protagonistas: Camilo Escobedo y su ciudad. Y para retratarlos a ambos, para entender el momento actual, necesitaba contar la historia que los ha hecho como son. La importancia de la ciudad es del todo buscada, consciente.

(P): Las defensas habla de la enfermedad mental como de un misterio, partiendo de la historia real de Domingo Escudero, un hombre que estudiaba el cerebro y que un día el suyo lo traicionó. ¿Cómo fue la génesis de esta aventura literaria?

El neurólogo en el que se basa la historia me abordó al final de una firma el día de Sant Jordi y me dijo: Tengo una historia que veo protagonizada por George Clooney en Hollywood. Respondí que disponía de un minuto antes de salir hacia la siguiente firma, y me resumió que era neurólogo, que había padecido una enfermedad mal diagnosticada por sus compañeros de trabajo y que fue internado en un psiquiátrico. Quedamos otro día para tomar un café. Descubrí a una persona apasionada por su trabajo, que ha dedicado enormes esfuerzos a investigar y mejorar la vida de miles de personas, además de lector de autores como Philip Roth o Proust. Desde luego que empaticé con él, con las ilusiones que un día tuvo, con la idea del mundo que se había hecho. Y, después, con su decepción. A partir de ahí, creo a otra persona: Camilo. Está basado en el neurólogo real pero posee sus particularidades, y en cualquier caso mi idea es retratar las complejidades de un ser humano, no pretendo que caiga bien. Reflejar nuestras ambigüedades, las contradicciones que nos perturban, son para mí algunas claves de la gran literatura. Muchos de mis protagonistas inolvidables son Raskolnikov, Julien Sorel, el marqués de Bradomín, el sueco Lebov… personajes que no tenían que caer especialmente bien pero expresaron el pulso de sus sociedades a través de experiencias límite.

(P): ¿Qué le ha parecido el resultado a Domingo?

La primera lectura le impactó. Luego, dijo que, al margen de lo inventado, la historia contenía una verdad tan auténtica que debía proyectarse tan lejos como se pudiera.

(P): Impacta saber que un día te podrías volver literalmente loco y no poder hacer nada, por eso la documentación sobre la mente y la medicina debió de ser una tarea ardua, ¿cómo resultó la experiencia?

Ha sido una inmersión importante que me ha enseñado mucho de un mundo que conocía desde un ángulo bien distinto. Además de múltiples lecturas que han incluido tanto ensayos como biografías, testimonios o novelas, visité hospitales, entrevisté a médicos, enfermeros, a pacientes y familiares de unos y otros… Lo mejor es que al final de ese camino aparece una persona. Con una profesión dura y hermosa, desde luego, pero una persona que comparte las pulsiones de sus conciudadanos, de su sociedad, mucho más allá de la profesión concreta que tenga.

(P): El arte y la salud mental se relacionan continuamente en Las defensas. Entiendo que eres de los que piensan que el arte tiene un poder curativo en cierta medida… ¿me equivoco?

No. El arte ofrece libertad y consuelo, es un apoyo fiable. Ofrece un estilo de vida, y pongo el acento en la última parte: “de vida”.

(P): La crítica ha destacado la construcción de la novela, pues en ella habla una misma persona pero en tres voces o tiempos. ¿Nos puedes describir esta técnica literaria y qué le aporta a la obra?

De no haber encontrado la fórmula, quizá no hubiera escrito la novela. Al principio, observé que casi no hay libros basados en hechos reales que estén escritos en primera persona por individuos que no sean los protagonistas reales. Comprendí por qué: entrar en la cabeza de alguien que no eres tú y además está vivo resultaba un enorme desafío. Pero el hecho de que esa persona estuviera enajenada ofrecía una opción original: Pessoa ya dijo que somos muchos conviviendo en un solo cuerpo, así que busqué los heterónimos de Camilo. Por una parte, hablaría Camilo en primera persona desde dentro de la locura. En esos episodios, su lenguaje es rudo, seco, simple. Por otra, como la memoria la mantenía perfecta, Camilo hablaría de ese otro Camilo que él mismo fue en el pasado. Como sus recuerdos están intactos, repasa su vida hasta entonces apoyándose en frases largas, armoniosas, “literarias”. Y, por fin, desde el futuro, sus familiares, amigos y gente que le trató, muchas de esas personas que me contaron cosas durante la investigación, vienen a contarle a Camilo qué es lo que está haciendo ahora sin darse cuenta, a causa de la enfermedad: “Diana dirá que ahora estoy sentado con las manos en las rodillas. Que hablo demasiado fuerte”. De ese modo, pude abordar a Camilo desde presente, pasado y futuro, cada tiempo narrado por una voz distinta pero que salía siempre de una misma persona.

(P): En las más de cuatrocientas páginas hay muchas referencias bibliográficas, ¿nos recomiendas especialmente algunas de las lecturas de Diana?

No solo las de Diana, las de Camilo también, porque ambos tienen un paladar refinado para la literatura. Desde En busca del tiempo perdido a la Pastoral americana de Philip Roth. De hecho, Diana se prenda tanto de este Roth como del otro, de Henry, en especial de su novela Llámalo sueño. Rulfo, Bellow, Buzzatti son otras debilidades de Diana… Y luego hay dos autores que marcan la relación entre ellos: Stendhal, con La cartuja de Parma, que Diana utilizar para insinuarle algo a Camilo; y Pedro Salinas, su poeta amoroso de cabecera. Además del verso de José Angel Valente. “Ante la pútrida rosa de la infancia arrasada, no conoce límites el odio”.

(P): Inevitablemente pensamos en la memoria y en el papel que juegan los recuerdos en nuestras vidas, ¿es la cultura un mecanismo contra el olvido?

Diría que sí, porque la cultura es memoria destilada. La cultura perfila nuestras emociones, concediendo libertad, o reprimiéndola. Invita a la valentía o a lo contrario. Tenerla no es garantía de nada pero, ante una duda, al menos garantiza un amplio abanico de respuestas. Elegir una u otra ya depende de cada uno.

(P): Teniendo en cuenta tu experiencia como periodista, es inevitable que te pregunte cómo ves el panorama en la actualidad. ¿Le queda poca vida al periodismo entendido como contrapoder?

Se está extendiendo una idea del periodismo que avergüenza a la profesión, y es a escala mundial. Resulta difícil medir hasta qué punto los periodistas están traicionando la confianza que la sociedad depositó una vez en ellos, pero en cualquier caso deben reaccionar pronto si quieren salvaguardar algún crédito. Hay periodistas estupendos pero es cierto que los que trabajan en redacciones se enfrentan a aparatos ideológicos que a veces los coartan hasta la depresión. Y la mayoría de los que van por libre, suficiente hacen con sobrevivir de sus crónicas… que si no responden a los intereses de turno no serán publicadas. El buen periodismo y la democracia van de la mano, ambos deben luchar por su espacio, y ahora toca una lucha encarnizada si queremos mantener una cierta dignidad. Aquí se habla fácil del mérito de los de fuera, de la valentía de tal o cual, pero cuando te encuentras con un autor o periodista que se atreve a decir según qué aquí… El otro día leí un buen artículo en El Cultural aplaudiendo la valentía de Peter Handke al defender la causa serbia en un tiempo mucho más que incómodo, al defender al fin y al cabo sus convicciones. Hace unos años, a Handke le atizaron por todas partes por eso mismo. ¿Qué pasaría si en España un autor que escribe en español como yo se declarara a favor del referendum en Catalunya? ¿Y de la independencia? De hecho, ¿por qué ningún medio de comunicación ha hecho no ya esa pregunta sino por qué ahora algunos de los libros más populares se titulan La España vacía o Patria? ¿Por qué se da ese renovado interés de los escritores por abordar casi periodísticamente la realidad española? ¿No es un temazo a desarrollar? Ahora que Juan Goytisolo, autor de España y los españoles, ha muerto sería un momento ideal para recuperar debates esenciales desde la cultura, y no dejar la iniciativa a los políticos, como si los demás no nos supiéramos gestionar. No. La cultura, el periodismo, deben entrar en liza. Excepto las grandes fortunas del arte y los bestsellers, los demás, ¿qué tenemos que perder? En España aún cuesta filtrar opiniones más o menos sobrias y, sobre todo, independientes sobre temas que no sean de la cuerda del medio de comunicación en cuestión. Hubo un tiempo en el que a los periodistas y escritores que expresaban sus opiniones de forma independiente, sin ataduras ideológicas, se les llamaba francotiradores. Esa palabra desapareció, quizá por políticamente incorrecta. La intentó sustituir “librepensador”, pero resultó quizá demasiado blanda para este país. Y hoy no tenemos nada. Ninguna palabra que identifique al individuo que opina con suficiente libertad, al margen de los grupos de presión. Es significativo.

(P): Tras esta historia tan compleja, ¿tienes ya en marcha algún proyecto literario del que nos puedas avanzar algo?

Preparo otros dos libros ambientados en España: una extensa crónica periodística y una novela. Y en agosto viajo a Australia para promocionar Sólo para gigantes, que se publica allí, en Reino Unido y Estados Unidos. Aprovecharé para ir en busca del numbat, un animal difícil de ver que se añadirá al proyecto Animales invisibles, que me está llevando por todo el mundo junto al arqueólogo Jordi Serrallonga en busca de animales que nos ayudan a explicar sociedades.