David de Juan Marcos, autor de "La mejor de las vidas"
David de Juan Marcos, autor de “La mejor de las vidas”

David de Juan Marcos ha sido muy loado por la crítica tras la escritura de su último libro, La mejor de las vidas (2016). Y no es este un tema banal, ya que lo que más destaca en la escritura de este salmantino es precisamente esa interacción brillante entre fondo y forma, para crear argumentos que más bien parecieran poemas.  A través de esta prosa tan poética consigue llamar a la reflexión sobre muchos temas, como son la soledad, los sueños de la juventud… Como él mismo dice en esta conversación, “dentro de mi caos y mi desorden, he encontrado el modo de tolerarme”.

Si aun no os he convencido, tengo que deciros que su novela es de lo mejor que he leído en lo que va de año y en mi vida. Y sí, por eso es para mí un honor publicar esta entrevista.

Pregunta (P): “Una historia solo es buena si se cuenta bien.  Si no es así, se olvida” es una cita que aparece en medio de tu reciente novela La mejor de las vidas que destaca precisamente por el estilo, ¿cuáles son las historias de la literatura que recuerdas?

Para ser sincero tengo muy mala memoria para recordar tramas e historias que he leído. Me suelo quedar con sensaciones, ritmos, juegos con la estructura y personajes. Recuerdo más las grandes historias que leí en la infancia y la adolescencia como El Señor de los Anillos, Crónica de una muerte anunciada, La isla del tesoro, Moby Dick

(P): Es esta una novela en la que ni todo es blanco ni negro, sino que se notan muchos grises…

Las personas que se enrocan en una idea y adquieren certezas de inmediato me parecen muy peligrosas. Mi idea nunca fue pontificar sobre nada. Se tocan temas muy delicados sobre los que la gente suele tener una opinión formada y casi inamovible. Yo lo que hago es mostrar casos que desmontan uno u otro punto de vista. Cualquier teoría se puede desmoronar si la tratamos de aplicar a la infinidad de variantes de la vida cotidiana. Esa puede ser una idea global de las intenciones de la novela.

(P): La crítica ha hablado de ella como una “novela generacional”, ¿qué tiene esto de verdad?

Me he dado cuenta que las etiquetas son un mal que tengo que aceptar. Me molesta que el trabajo de varios años se reduzca a una o dos palabras y ya sirvan para formar una opinión en un lector potencial y diga esto me interesa o esto no de acuerdo a la etiqueta. Hay que vivir con ello y tratar de minimizarlas.

Es cierto que necesitaba un marco narrativo del que partir, una atmósfera y un background que explicara por qué los protagonistas reaccionan cómo reaccionan. Así, una de las ideas que pienso que ha marcada mi generación (la de finales de los 70, principios de los 80) es que se nos ha querido marcar mucho el camino a seguir. Esto no es una crítica, sino una realidad fácilmente explicable si miramos hacia atrás. Las generaciones anteriores a la mía han vivido guerras, en ocasiones hambre, muchos años de dictadura. Las libertades y privilegios de los que disfrutamos ahora vienen de la lucha de esas generaciones por conseguirlas. Lo que ocurre es que cuando alguien consigue algo con mucho esfuerzo le da miedo perderlo, se vuelve conservador (en el sentido apolítico del término). Y esa es la mochila que nos pusieron a nosotros. Tuvieron miedo de lo que podíamos hacer con tantos privilegios que nos habían dado y decidieron pautarnos el camino: carreras con salidas, buscar un trabajo para toda la vida, no asumir riesgos. Esto ha tenido una lectura nefasta: no nos han enseñado a caer, a fracasar, a perder. Y en consecuencia no nos han enseñado a reinventarnos cuando vienen mal dadas. Ahí está el origen de todas las dudas, miedos y mochilas emocionales que arrastran los protagonistas al asomarse a la edad en la que tienen que tomar sus propias decisiones. Esa edad en la que aún conservan sus sueños de juventud para ya empiezan a ser lo suficientemente adultos como para saber que nunca los cumplirán.

images(P): Está empapada de realismo mágico, aunque a ti no te gusten las comparaciones. ¿De qué fuentes bebes?

De la realidad. He llegado a aborrecer el término de realismo mágico porque enseguida deriva hacia escritores como Juan Rulfo o García Márquez que, aunque admiro y sigo disfrutando, creo que no tienen nada que ver con lo que escribo y con los caminos que me gustaría seguir. Muchas de mis historias resultan difíciles de creer y al barnizarlas de lirismo puede llevar a equívoco. Pero si lo hago así es precisamente porque creo que es algo que solo se puede hacer con lo real, mientras que con la ficción hay que dar demasiadas explicaciones para que resulte creíble.

(P): ¿Es este tu mejor libro o eres de los que piensan que lo mejor está aún por venir?

No soy yo quien debería responder a eso sino los lectores. Con el paso de los años, la lectura y la práctica uno se convierte en mejor escritor, lo que pasa es que eso no siempre se traduce en un buen resultado final. Si no pensara que soy capaz de hacerlo mejor, de encontrar nuevas maneras de contar lo mismo de siempre supongo que lo dejaría.

(P): La juventud siempre ha soñado con cambiar el mundo, y por eso está muy presente en tu reciente novela, ¿lo tenemos hoy más fácil que nuestros padres?

No creo que lo tengamos más fácil ni más difícil. De manera global hay más facilidades para todo. Es cierto que se vive mejor, más tiempo y en mejores condiciones. Pero también es cierto que todo el mundo habla de su tiempo con nostalgia aunque sus circunstancias fueran miserables. Es algo biológico y evolutivo. Yo no sé si los adolescentes de hoy lo tienen más fácil de lo que yo lo tuve, pero no cambio mi tiempo por el suyo.

(P): ¿Qué sentido tienen los cuatro lugares que dividen la novela?

Sin ninguna duda mi mayor entretenimiento es viajar, muy por encima de cualquier otra cosa. Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación, que decía Céline. Para ello he tenido que renunciar a oportunidades de toda índole y privarme de muchas cosas. Pero no soy un turista al uso. Me gusta vivir en las ciudades, almacenar anécdotas, aprender cómo funcionan, recorrer sus alrededores. Trabajar en ellas, estudiar en ellas, aprender su burocracia, pasarlas canutas. Cada ciudad funciona de una manera que solo se aprende al cabo de un tiempo que vives en ella, cuando dejas de ser un turista a los ojos de los demás.

De la misma manera, en la novela cada ciudad funciona de una forma distinta y aporta una atmósfera diferente que camina de la mano con la trama. Sin embargo, he tomado mucho cuidado en que las ciudades sean solo un vehículo para llegar al cómo quiero contar lo que sucede. Así, los protagonistas no se moverán por los sitios más turísticos o icónicos de Europa, porque no son turistas, sino que son jóvenes que viven en Cambridge, que caminan por los barrios de París, que beben en bares poco conocidos de Roma o saludan al tendero de la esquina cada mañana en Ámsterdam.

También es reseñable la presencia del continente africano. África se manifiesta en la historia de una manera constante. Pero en este caso África es anhelo, misterio, una idea intangible que sirve de metáfora a lo largo de toda la historia y que al final cobra sentido. Sin esta presencia de África no habría novela.

(P): La mejor de las vidas es un buen ejemplo de la interacción perfecta entre fondo y forma, ¿estás orgulloso de este resultado?

Tenía claro que debía explorar nuevas maneras de contar historias. Asumir riesgos. El estilo es lo que da sentido a esta novela. Todo debía tener una cadencia acorde a lo que se cuenta. El cómo se cuenta de la mano del qué se cuenta. Pero a la vez tenía que ser muy sencillo y tenía que sonar bien al oído. No basta con que esté bien escrito, o con que el mensaje esté trasmitido. De ninguna manera. Cada frase, cada párrafo y cada capítulo debe tener su medida, su ritmo, su melodía aun a pesar de que a veces esta sea imperfecta. Asumir la imperfección permite buscar esa musicalidad. La imperfección es sin duda más hermosa, tanto a nivel de una sola línea como de la novela en su conjunto. Esto hace que la construcción de un solo párrafo me lleve gran cantidad de horas a lo largo de muchos días y que las correcciones sean constantes.

Uno tiene que saber que cuando empieza a escribir está condenado al fracaso. A ahogarse unos metros antes de la orilla. Partiendo de esa premisa insalvable, cuando terminé de escribir La mejor de las vidas la historia era la que quería contar del modo en que quería contarla. Seguro que si hoy la releyera mi respuesta cambiaría. Por suerte una vez entra la novela en imprenta no vuelvo a abrirla y pierdo el interés. No quiero que me siga contaminando.

(P): El detalle, lo minimalista, se observan en cada una de las frases y páginas de tu libro y, aunque parece que no ocurre nada, pasa mucho, ¿tiene esto que ver con tu faceta también en la escritura de relato corto?

Así es, no creo que sea una novela de lectura lenta, aunque muchos lectores lo ven así. Están sucediendo continuamente cosas, lo que ocurre es que en un primer momento parece que no llevan a ninguna parte, que no tienen ninguna finalidad. Según avanzamos en la lectura comprobamos que no había puntada sin hilo, que cada detalle cuenta y que todas las piezas encajan e importan.

Creo que tienes algo de razón en la influencia del relato en mi manera de escribir. Si alguna vez llego a escribir algo medianamente aceptable creo que llegará en el género del relato. Es un género complicadísimo pero mi estilo se ajusta mejor a él que a una novela de gran extensión.

(P): En el fondo subyace un homenaje a la amistad, a la juventud, a los abuelos… ¿se puede cambiar el mundo desde la literatura?

No tengo ni la mejor idea, pero tengo que engañarme y pensar que sí, que tu trabajo cuenta y que estás dando lo mejor de ti. Pero no solo con la literatura, supongo que cada persona cuando suena el despertador tiene que creerse lo mismo. Luego que sea verdad o mentira supongo que importa poco.

(P): ¿Estás inmerso en algún proyecto literario del que nos puedas hablar?

La cabeza siempre está dando vueltas a nuevas historias, pero hasta que no están casi terminadas es difícil hablar de ellos con cierta coherencia. Muchos escritores solo se sientan a escribir cuando conocen todos y cada uno de los puertos por los que van a pasar. Yo me volvería loco y me perdería la ansiedad. Dentro de mi caos y mi desorden he encontrado el modo de tolerarme. Si semanas antes de terminar un libro alguien lo leyera no entendería nada por lo que no sé en qué terminarán los proyectos en los que trabajo.

De momento los más cercanos vienen en términos de promoción: en enero se reeditará mi primera novela en formato bolsillo, en marzo saldrá mi tercera novela de mano de HarperCollins y poco después se publicará en Italia La mejor de las vidas.