Creía que el amor era todo alegría, todo ilusión, sin saber que puede llegar un momento en que la magia se colapse por un advenimiento improvisado, como la muerte.

Y no es la muerte de los dos amantes, no. Es la muerte que llega justo al terminar de demostrar el amor bajo las sábanas. Pero es la muerte de otro. Es la figura negra que irrumpe en la habitación llena de sudores para decir que “ha muerto la muerte”.

Es lo que será cuando no tiene nada que ser, cuando los actos de amor no basten para impedir esa muerte, que aunque las penas se olviden luego azotan con más fuerza.

Eso ocurrió aquel día, cuando llevaban tanto tiempo sin verse y unieron sus cuerpos para dejar los problemas, las muertes, a un lado. Y los olvidaron. Pero después esta vino con fuerza, y alguien les dio esa noticia que estaban  esperando hacía tiempo, pero que no querían esperar: “Sí, nos ha dejado hoy por la noche”.

Y también fue entonces cuando les vinieron a la mente las vicisitudes de la vida, que unas veces nos da la mano, para luego darnos cal,  olvidándose de la arena que nos prometió algún día.

Que estaban cerca de Frida Kahlo y de Alejandra Pizarnik, de su propio suicidio, mientras asistían al de otros.

(Este relato nace para ejemplificar ese choque entre el amor y la muerte, dos estados que el ser humano puede rozar en instantes seguidos).

Uno de los cuadros de Frida Kahlo
Uno de los cuadros de Frida Kahlo