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He descubierto montañas infinitas contigo, y me he maravillado de que los “te quiero” sean más grandes a cuanta más altura estemos. Por eso deseo que me transportes con tu sonrisa, que me eleves hasta el sol y más allá me propongas soldar tu vida a la mía.

Y cuando lo hagas, y descubras que me vuelvo en llanto de nuevo, suéltame poco a poco, sin tirarme de repente. Elige mis labios, mi cara, mi pelo alborotado, mis piernas imperfectas, mi nariz puntiaguda, mi cuello archilargo, mis uñas mordidas, mis ojos normales, mi cuerpo aniñado, mis manías por ser demasiado natural, mi sensibilidad al cuadrado, mi forma de llorar cuando debo de reír, mi fuerza descomunal por abrazarte, mi unión de mis pies fríos con el calor de tu cuerpo…

En el fondo, esto solamente es una metáfora de lo mucho que deseo la rutina de una vida contigo.