Un buen relato, una buena película o un buen cuadro tendrán la capacidad de recrear un espacio capaz de transmitir al que lo reciba la idea de estar en el mismo lugar de la acción. Es la fuerza del autor para ambientar, para crear un espacio diferente.

994566_556310331096382_1951206329_n

Cuando acudo a un libro en búsqueda de buena literatura siempre pienso intrínsecamente en ciertas palabras bucólicas que expresen lo que se quiere en un momento. Que si es otoño, las descripciones de las hojas al crepitar en el suelo herbáceo vendrán como anillo al dedo.

Ahora les presto atención a las ambientaciones de espacio y tiempo, aspecto que era apenas inexistente cuando me adentré hace ya unos cuantos años en el vicio y goce de la lectura. Con la conciencia y la mente más abierta, hoy fondo y forma interactúan para que yo considere una buena novela a un determinado producto cultural.

1072437_545290868864995_1844532887_o

“Octubre transcurrió despacio. Las hojas cayeron, y bajo los árboles se formaban montículos de hojarasca, hojas pardas o blanquecinas con bordes rizados” (Las chicas de campo, Edna O’Brien).

Y una luz se enciende en mi cabeza si de repente encuentro esa cita con la que yo expresaría un sentimiento momentáneo, una luz como de calor humano al conseguir interactuar con el autor a través de sus palabras, que rápidamente se convierten en mías.

“Cuando paso por pueblos en los que se ven luces en las ventanas o en las chimeneas encendidas, pienso en la gente que vive ahí y me dan ganas de quedarme. Me siento rara, como si yo no tuviera nada…” (Los pasos que nos separan, Marian Izaguirre).

También están los comienzos que son inolvidables por resaltar ya de entrada una sensación que será la del relato entero, como es el caso de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez.

“Era inevitable: el olor de las almendras amargas de recordaba siempre el destino de los amores contrariados”.

Esta preocupación por el ambiente en las novelas me llevó a tener más interés en esos libros que no son más que una exaltación del día a día, de las sensaciones del campo, de los pensamientos de un tiempo que vuela incesante. Por eso, fue todo un descubrimiento para mí leer a Josep Pla.

“¡Graciosos almendros que ponéis sobre el mundo frío una ilusión de temperatura blanda, casi enfermiza! ¡Qué sois, decidme! ¿Sois un sueño, un deseo, un anhelo o una pura ilusión del espíritu?” (La huida del tiempo, Josep Pla).

10262179_690124684381612_2420028001628561752_nPla es pura delectación para los sentidos, es el ejemplo de que el instante se puede capturar con palabras. El expresar la rutina o nuestro pasado son temáticas que muchos aprovechan para introducir en la historia sin apenas notarse. Así, Las Inviernas de Cristina Sánchez Andrade incluye frases como “Sólo en las noches de mucho viento la rutina queda en suspenso”.

Por eso, cada vez soy más partidaria de que la buena literatura es aquella capaz de ligar a la perfección fondo y forma. En este sentido, en 2014 uno de los mejores libros que leí fue El balcón en invierno, de Luis Landero, que expresa citas extremadamente sensoriales y, al mismo tiempo, poéticas.

“En cada instante, en cada frase, en cada suspiro, en cada pequeño acontecer, lo trivial y lo misterioso van a partes iguales. Eso es todo, y no hay más que contar. Un grabo de alegría, un mar de olvido” (El balcón en invierno, Luis Landero).

En fin, que lo que más me gusta es justo sacar una foto y encontrar esa cita literaria que la ejemplifica a la perfección.