Tuve tentaciones de decirle que se fuera, que me dejara volver a loquear entre mis lecturas. A confundir nuestros besos con los de esos héroes novelescos. Que nada había de ser mejor ni peor que esos libros que estaban en mi mesilla, tan sólo diferente.

Y es que la soledad del lector es algo complicado en sus extremos. Quería coger mis libros pero no sin perderme la esencia del mundo, ni del sabor de su piel, de su aroma…. Y entramos en un bucle en el que la vida se sorbía a través de los ojos del protagonista, y de nuestros besos. El amor era un buen polvo seguido de verbos, adjetivos, sustantivos, y la perífrasis de nuestros cuerpos ardiendo.

Los placeres impulsados por las palabras que actuaban de un modo afrodisíaco. Ni velas, ni olores de Oriente, ni chocolate, sino líneas y más líneas con infinitud, experimentos literarios y el amor en el medio, como tema principal, y como deja-vù.

El aroma de él se me venía cuando reabría las tapas de esos libros legendarios, y las expiraba, las fumaba como si fuesen sensaciones, con todos los sentidos puestos en conseguir volver atrás. Ahora los volvía a leer con el deseo de inspirar el tiempo, como el mayor vicio prohibido jamás contado.

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Y probablemente nunca consiga regresar, aunque el olor siempre quedará grabado en un libro, nuestro libro, nuestra pegada, y nuestra queja contra un mundo que se resquebraja dejando a dos almas soñadoras apartadas por las circunstancias. Éramos esas almas y no pudimos escapar.

¿De qué?

Del paso del tiempo, de nuevo.

Tensy Gesteira, microcuento nacido de una inspiración ferroviaria.