Y puedo sentir que en una tarde lluviosa se me escapen los deseos, esos que tengo escondidos bajo un tapiz dorado, los que pienso que podrán salir a la luz un día de primavera que observo en un futuro no muy lejano. Los deseos más recónditos de una enamorada. Enamorada del paso del tiempo a tu lado, romántica de las cosas simples y patéticas, sensible por lo absurdo y por lo que no lo es tanto.

Puedo sentir un tum tum en mi cabeza, que me augura buenos momentos y que pretende destaparme aquellos dónde era la niña más dichosa de las personas que conforman este singular espacio. Sigo siéndolo por momentos, aunque apenas alcance a expresar si realmente soy  feliz o estoy más amargada que nunca.

La conciencia me empuja a escribir sin frenar, a intentar atrapar unos momentos que resultan efímeros, demasiado pasajeros, cuando yo lo único que quiero es conseguir tocar el cielo con las manos, besar el sol con los pies, y llegar a los detalles más nimios de felicidad.

¿Y si resulta que la felicidad sólo está en los pequeños momentos en que salimos de una rutina, de los corsés, para embarcarnos en la locura más absoluta y a la vez tierna, que es cuando estoy enlazada en tu cuerpo, lleno de mariposas, y de esas flores bonitas que llenan mi mente de sueños?

Al final es bien cierto eso de que sólo queda el alma en la infinidad de pensamientos de nuestro cuerpo.