Cuánto me tardan tus besos, tus abrazos llenos de un crepitar de la vida, de esa que dice escaparse. Cuánto me tarda ya tu mirada al levantar la mano para decirte “hasta luego” en un tren que augura una vuelta. Pero demasiada espera para un corazón que se basa en la premura, en los instantes y en los susurros a media voz.

Pienso en lo duro de una espera, de una vida a tu lado que se pasea por mi cabeza, la que tengo llena de pájaros que vuelan hacia un lugar dónde los sueños pueden verse cumplidos. Estoy llena de pajarracos y de la vida que  pienso contigo, y ardo en deseos de locura, de esa que sólo se encuentra entre los grandes amantes, y entre los libros.

Un amor que será el causante de mi felicidad, de ver más allá de los sufrimientos y los tormentos que a menudo me asaltan. Y en medio de las grandes tormentas, de esas que parecen no acabar nunca te encuentro a ti, con una sonrisa predilecta, la que yo amo más que a nada, y en la que algo me dice:

“Por favor no te vayas, quiéreme”.

Y sí, con los labios de bobalicona, me acerco y vuelvo a creer en la felicidad de un mundo tan imperfecto, en esa felicidad que tiene hueco en el corazón de dos amantes que se quieren más allá de todo y nada a la vez.

Edward Hopper
Edward Hopper