En los últimos meses he visto una serie de obras culturales que han pasado por mi vida para marcarme y llevarme a la reflexión.

A menudo el estrés nos acucia, y a mí personalmente me mata viva, y por ello cuando descubres ciertos libros y películas, te das las gracias por haber perdido un mínimo momento de ese tiempo que nos quiere atrapar mientras corre. Y nosotros nos dejamos atrapar por él. Albom Mitch decía en una entrevista a propósito de su reciente libro El guardián del tiempo que desde que este gigante se inventó ya no pensamos en otra cosa que no sea seguirle. Que si tenemos que levantarnos a las ocho, estudiar hasta la hora de comer, quedar con los amigos a las diez… una constante suma de actividades que nos llevan a no admirar ni tan siquiera una mínima parte de la vida, de nuestra vida, que al fin y al cabo es lo que debería primar. Pues no, nosotros a lo nuestro. Y es que los nuevos tiempos parecen aumentar el estrés por el paso del tiempo y eso tampoco ayuda.

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En medio de ese constante ir y venir con el tiempo, a menudo nos perdemos en actividades inútiles, nos adentramos todo el tiempo en pensar qué será de nuestro futuro, mientras lo engarzamos con el pasado. ¿Y el presente dónde queda señores? Nuestro presente siempre es futuro y luego pasado. Pero, claro que hay detractores que comienzan a destacar la importancia de la vida, de los buenos momentos.

Hace unas semanas publicaba en este mismo blog una crítica del libro de Sylvain Tesson, La vida simple, una especie de diario de este escritor francés dónde narra sus peripecias en una cabaña abandonada en la taiga rusa. ¿Qué queréis que os diga? Cambiaría este estrés por unos meses de continuo disfrute en la más sola naturaleza. Me bastan libros y más libros, y la vida ya se parecería un mínimo a la felicidad en soledad.  En muy estrecha relación con este libro se encuentra el filme El último cazador (2004), dirigida por Nicolás Vanier y que narra la vida del último trapero o cazador de Nebraska. Dejando a un lado el tema y el estilo de la película, que no son muy logrados, lo cierto es que amo esa relación naturaleza-hombre y el disfrute de la vida sin ataduras. No digo que sea una vida para siempre, pero la experiencia a modo de ermitaña me atrae en demasía. Otro de mis retos pendientes.

El club de los poetas muertosPor otro lado, una de las películas que me viene muy bien mientras escribo este artículo es El club de los poetas muertos (1989), dirigida por Peter Weir y protagonizada por Robert Williams. Y la relaciono con estas ideas ya que es una constante defensa del carpe diem, de vivir la vida con aquello que te haga feliz. La poesía es lo que incita a unos chicos de un internado a disfrutar el momento y forman un club que los llevará a un trágico final. Lo que sucede aquí es que aunque se incita a vivir el momento, después se saca la conclusión de que la responsabilidad siempre van a triunfar. Pues que la película es de esas que te llevan a la reflexión y me dan hasta ganas de abandonar las cosas inútiles de este mundo. Porque yo creo que el sentido de este mundo está en la justa medida de ambas partes: la racional y la irracional. Tenemos que tener un poquito de las dos, y esa locura es necesaria para vivir. Lo que ocurre es que hemos entrado en una espiral dónde el estrés por ser responsables lleva a más estrés y así sucesivamente. Pero lo que hay que tener en cuenta es que la historia será cíclica, pero los ciclos también se pueden romper. Juguemos nosotros con el tiempo, y déamosle la vuelta a esta ruleta.