En este mundo plagado de sufrimientos, el arte adquiere un matiz de calma y sosiego para el ser humano. Porque si no podemos eliminar los malos hechos, por lo menos si podemos atenuarlos. Unos hacen esto a través de la pintura, otros capturando los momentos esenciales con una cámara y, los otros, como yo, miramos el arte a través de obras de literatura imprescindibles.

La casualidad hizo que llegase a mí Lolita de Vladimir Nabokov y, lejos de lo que en un principio creía, me hizo sumergirme de lleno en el erotismo del libro para no desprenderme de él hasta finalizarlo. Pero esto no es nada raro ya que hay muchos libros que enganchan desde el comienzo.

Lolita cuenta los sentimientos, muchas veces contradictorios,  de un profesor que se enamora de la hija de su mujer, de tan sólo trece años. De entrada este hecho puede parecer una aberración pero el autor sabe jugar muy bien con esa oposición entre el bien y el mal dando al lector todas las claves para que sea capaz de ponerse en la piel del profesor que está imbuido de la presencia de la “nínfula”. Pero no es un relato pornográfico ni mucho menos. Los detalles relativos al sexo son ocultados en palabras que sólo transmiten un erotismo embriagador y muy sugerente.  A través de las continuas apelaciones al público lector, el protagonista Humbert  Humbert,  que padece de efectos psicóticos, pretende huir de su culpa y dejar claro que su amor lo justifica todo, incluso las tantas situaciones un tanto obscenas producidas a lo largo de la trama.

Lolita es una novela rompedora y más en la época en la que salió a la luz por vez primera allá por la década de los cincuenta, de ahí que fuese tachada de pornográfica. Lo cierto es que aún hoy sigue siendo un asunto controvertido: el amor entre un hombre de treinta años y su niña no deja indiferente a nadie. Sólo al leerla una se da cuenta de que el argumento está coherentemente tratado con las palabras exactas, un vocabulario minuciosamente elaborado, unos pensamientos y sentimientos que justifican casi que todos los hechos presentes en el libro.

Y vuelvo a mi argumento del principio para concluir, parafraseando al autor del libro, que el arte adquiere sentido en sí mismo y que “ es pueril estudiar una obra de ficción sólo para informarse acerca de un país o una clase social o el autor”. Una obra de arte es aquella que no tiene por que tener mayor significado que el dado por el sujeto. Y Lolita es ante todo, y por encima de todas las consideraciones, una obra de arte, por lo que es muy recomendable su lectura.

Ya el inicio es supremo e invita a sumergirse en este universo que es la obra magna de Vladimir Nabokov:

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de la lengua. Lo.Li.Ta”

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