Robarle horas al sueño, entrar en una competición contigo misma, querer quedarte en una habitación con poca luz, con unas pocas velas que iluminen la mitad de tu rostro y los laterales de las páginas de unos libros que nunca perecerán al tiempo, que son inmunes a la memoria humana. La letra impresa siempre nos recordará que algo fue una vez escrito y que nosotros podemos capturarlo al leerlo.
No, no es una utopía. La literatura forma parte de la vida de la gente que considera que es mejor soñar que vivir las duras etapas de la vida o que, aun viviéndolas, la literatura es un bálsamo, el mejor de muchos. Las ilusiones se las puede llevar el viento pero la esperanza de continuarlas no. Y la literatura es una ilusión de lo que los escritores y escritoras piensan para nosotros, para ellos mismos, para que la narración de una historia permanezca al tiempo.

lecturaCon esta introducción pretendo comenzar un texto que no pretende más nada que plasmar las obsesiones, manías, sentimientos y pensamientos que los lectores tenemos al ligar el arte literario y la vida.
Cuando me sumerjo en un libro, la historia me llena, me lleva a considerar que vivo en universos paralelos, dónde tanta importancia tiene uno (el supuestamente real) con el ficticio. No están tan claras las fronteras. Los personajes de los libros me suelen importar.
Está también esa continua frase de “voy a leer un capítulo más”, dices mientras acabas el libro sin darte cuenta. Pueden ser las doce de la noche de un día rutinario que tú sigues en tus deseos de prolongar el placer de las palabras y no dormir. Por la mañana sentirás un mínimo arrepentimiento, pero día tras día seguirás en tus trece. Leer es como ver una película, una serie… una desconexión.
¿y qué pasa cuando lees un buen libro de un autor y buscas como un poseso más títulos que te transmitan lo mismo o algo similar? La búsqueda de sensaciones paralelas es una constante en nuestra felicidad humana. He leído muchos libros (y los tantos que me faltan) pero siempre considero que una buena historia te empuja a leer otras muchas. Los paraísos de Murakami, Hemingway, Thompson, Nabokov, Paul Auster, Dulce Chacón, Pablo Neruda… un maremágnum de títulos que pululan por mi mente peleándose por saber cuál ha marcado más mi vida. Saco la conclusión de que han sido muchos, no uno sólo.
Y yo, que siempre veo a los libros como causantes de reflexiones y citas empedernidas, pienso que toda historia bien contada merece una atención. Y en los libros, aparte de la historia de fondo, busco hasta la saciedad citas y citas, que expresen el cambio del mundo, las inquietudes de cualquier ser humano, una especie de tela de araña a la que agarrarme. En este mismo sentido, he adquirido una bonita costumbre: querer leer todos aquellos libros o ver las películas que alguien me recomiende. Y eso tiene sobre todo una razón de ser: busco reconocer el motivo por el cual un libro atrapa a alguien, y si a mí me convence o no por ese mismo motivo. La búsqueda de otros seres humanos en el acto mismo de leer. Conjeturas de un paraíso propio.

Todos podemos tocar variados mundos, conseguir distintas sensaciones. La que más me atrae a mí es extrema felicidad que experimenta mi intelecto (y mi alma también) cuando me debato interiormente sobre cuál será el siguiente libro que lea. Es como un juguete nuevo, pero del que no te aburres al cabo de unos días. Es esa sensación de querer y no querer, de amar y más AMAR LOS LIBROS.
Y no es locura, sino uno de los mejores hábitos, el desarrollador de nuestras mejores capacidades intelectuales.

“La literatura no puede reflejar todo lo negro de la vida. La razón principal es que la literatura escoge y la vida no”: Pío Baroja.