En estos últimos meses tengo la extraña (y continua) sensación de arrepentimiento por no haber leído a ciertos autores antes. Cada año se producen muchos acontecimientos relacionados con el mundo literario e, ingenua de mí, yo quiero abarcarlos todos.  Cuando se producen centenarios agradezco que los libros nunca perezcan, que a pesar del tiempo hagan soñar a gentes de tiempos históricos asincrónicos. Pero dejando aparte todas estas reflexiones en torno a mi experiencia como lectora, quiero destacar el libro leído estos días: Yo te diré… La verdadera historia de los últimos de Filipinas (1998)  de Manuel Leguineche. No miento si digo que era un autor que tenía pendiente, guardado en mi memoria y en medio de esas tantas obras que pelean porque alguien las lea.

Fue a raíz de su muerte el  pasado 22 cuando me decanté por comenzar a leer algo de este periodista y reportero español que tanto hizo por la profesión. Si todo el mundo lo destaca, será por algo. Y con esta lectura en mi interior pretendía hacerle un homenaje póstumo. Y es que las obras de arte no morirán mientras haya alguien que esté dispuesto a saberlas valorar en su tiempo histórico.

Los últimos de Filipinas a su llegada a Barcelona tras la capitulación
Los últimos de Filipinas a su llegada a Barcelona tras la capitulación

Yo te diré… es la historia de los últimos que lucharon por la colonia de Filipinas hasta dejar en ello su vida, es la historia de héroes anónimos que vivieron un tiempo histórico del que nunca quisieron hablar ni bien ni mal, porque Filipinas les marcó sus vidas e las de sus parientes, los de uno y otro bando. Leguineche consigue enlazar de una manera magistral los hechos históricos con las entrevistas a descendientes de los supervivientes y un análisis de la correspondencia de muchos de estos hombres. El resultado es un intenso reportaje, con visos de crónica ya que el autor acude personalmente a Baler, el último lugar en manos de los españoles, para catar el ambiente de la calle. No sólo valen los documentos históricos, sino que es importante el lugar y su presencia en él.  Todo lo acontecido en Baler fue gestado en largos poemas de muchos protagonistas, los cuales también son incluidos en el libro para dar romanticismo a unos crudos hechos. Un poquito de color a la vida y sus tristezas.

Al final del libro, en un afán eminentemente periodístico, el autor vizcaíno incluye una serie de anexos con documentos para que el lector no se pierda ningún detalle de la época, una guía de lectura.

Si tuviese que destacar algo negativo del libro diría que se centra poco en los verdaderos últimos de Filipinas, perdiéndose mucho en la génesis del conflicto, aunque bien es cierto que lo que se pretendía era tratar de explicar cómo se llegó hasta la revolución del 1898 y las causas que lo motivaron. Confieso que no conocía al pormenor lo ocurrido en Filipinas y este libro me lo aclaró. Coincido con el autor en que no se habló mucho sobre estos “últimos” supervivientes en la durante 300 años colonia española. Parece una vez más que las derrotas cuesta asumirlas, cuanto más destacarlas o recordarlas. No casa con los ideales de nuestra sociedad tan patriótica.

Y, este libro es el que inicia mi lectura de Manuel Leguineche. Me quedan múltiples libros entre los que escoger. Viva el buen periodismo, el que florece gracias a personas como Ryszard Kapuscinski, Ramón Lobo, Gervasio Sánchez, Manuel Leguineche …

Yo te diré,

por qué mi canción,

te llama sin cesar:

me faltan tus risas,

me faltan tus besos,

me falta tu despertar.

Cada vez que el viento pasa

se lleva una flor…

Siento que nunca volverá

tu amor…

No me dejes nunca sola

al atardecer…

Que la luna sale tarde

y me puedo perder.

Y ya sabrás

por qué mi canción

te ronda sin cesar:

mi sangre latiendo,

mi vida pidiendo

que nunca me dejes más.

(Letra de Enrique Llovet junio de 1945, para la película Los últimos de Filipinas)