Puede parecer muy mítico pero este año ha sido un punto y aparte en mi vida. Y aunque nuestra madurez se da en muchos ámbitos, el 2013 fue para mí un punto y aparte en lo que a lectura se refiere.

Si bien es cierto que a lo largo de mi vida he sentido un amor por la literatura, en los últimos tiempos esta tendencia se agudiza y tiende a hacerme leer de manera neurótica muchas veces, a robarle esa benditas horas al sueño para coger un libro, de buscar continuamente en la literatura esas palabras necesarias para explicar la complicación de la vida… Y todo esto lo consigo gracias a que mis gustos se van afianzando y ciertos escritores han calado en mí y me han marcado más que otros a lo largo de lo que hoy soy. Al fin y al cabo, dime lo que lees y te diré quién eres…

Y como el año termina, mi año lector también termina con la recogida de ciertas obras que me han calado hondo a lo largo del mismo. Haré un breve esbozo de esas obras que he descubierto este año (no tienen por qué ser actuales) y que por circunstancias dispares me llevan a destacarlas.

Esto no es un ranking de las mejores novelas ni mucho menos. El objetivo no es ese ya que sobran listas de lo mejor del 2013 con lo que por cierto no estoy demasiado de acuerdo ya que los criterios siempre son subjetivos y dependen del gusto de cada persona. Es mío es el mío.

Para comenzar, el japonés Haruki Murakami fue mi descubrimiento del año. Miles de veces escuchaba a mi alrededor hablar de que Tokio Blues era novela favorita de tal o cual persona, y ¿qué le queréis? Siempre me ha intrigado saber que leen las demás personas. Y con Murakami he explorado por fin que una aparente falta de lógica es lo que nos lleva muchas veces a la verdad. De este escritor tengo ganas de leer todo, pero por ahora sólo di con Tokio Blues (1987), Baila,baila,baila (1988), After Dar (2004), Sputnik, mi amor (1999) y el reciente Los años de peregrinación del chico sin color. Y en todos observé esos leitmotivs que hacen de Murakami un escritor irrepetible: la sensación de estar ante libros musicalizados, ese paso del tiempo que lleva a una cierta nostalgia de los personajes y ¿por qué no? hasta de los lectores. Gracias a Murakami descubres que el amor y el sexo no siempre están interrelacionados, y que el romanticismo es tan sólo una forma de vida. Esa áurea de Murakami que me hace identificar Japón, quizás erróneamente, con sus libros. Una ensoñación completa.

Y pasando del terreno de lo onírico de Murakami, me voy a La voz dormida (2002) de Dulce Chacón. Esta obra me ha marcado por muchos factores, pero el que más destaco es esa capacidad de la autora para explicar la situación de las mujeres durante la Guerra Civil española. Porque en esta también había mujeres del calibre y la valentía de Tensy, la protagonista, que es la que me hace trasladarme a ese mundo en el que yo (por el compartimento de nuestro nombre) o cualquiera de las mujeres de hoy podríamos estar en una de esas cárceles sufriendo por hechos no cometidos. Pero también es una novela que sabe ensamblar muy bien con esa otra forma de ser de Pepita, la hermana de Tensy que no quiere meterse en problemas por la República. Dos maneras de entender un mundo complejo y que refleja el distinto comportamiento de los seres que vivieron esa etapa y no otra, y que fueron víctimas de un presente no escogido, como siempre acontece.

En la lectura también se busca ese momento desconexión del mundo real. Yo acudo cada vez más a ella para evadirme del estrés diario. En esa búsqueda uno se encuentra con libros que parecen hechos a la medida. En este sentido, comparto ideas totalmente con el autor de La vida simple (2013) el francés Sylvain Tesson, el cual se fue a vivir seis meses a la taiga rusa acompañado de los víveres esenciales y de mucho vodka y libros. Me quedo sin palabras al intentar describir lo vivido por el autor. La cabaña le otorga una paz que él es capaz de transmitir con absoluta maestría al lector. Yo me quedo con ganas de irme a una isba rusa y estar allí disfrutando de la soledad y mis libros. Le copiaré algún día la idea a Tesson.

Nabokov y su Lolita (1955) han hecho que ame las buenas historias aunque lo que cuenten no siempre sea aquello que se considera moralmente correcto. La incorrección ahora me gusta siempre que la manera de contarla sea novedosa.

También este año me animé a leer Los pilares de la tierra (1989) y Un mundo sin fin (2007) de Ken Follet, dos libros que se sitúan en la Edad Media y que cuentan la crudeza de esta época histórica tan admirada por mi querido hermano David. Lejos de lo que en un principio pensaba, estos libros me enamoraron y como ocurre con todos los libros largos, me dio inmensa pena separarme de los personajes. Así que, estos libros fueron inspiración de mi hermano y los leí por una obligación conmigo misma y en honor a él. Me encanta compartir impresiones sobre lo leído y esto era deuda.

Hemingway y su Por quién doblan las campanas (1940) también han pasado hace poco por mi vida, y para quedarse. Siempre recordaré esas palabras cariñosas de Robert Jordan a su María: “conejito”.  En una guerra siempre hay amor. Somos humanos y eso se nota. Hemingway recogió muy bien sus vivencias para la posteridad.

Y para terminar quería mencionar sólo una mínima parte de esos títulos que me marcaron y de los que sería muy aburrido, y quizás escaso, escribir en este post: La soledad de los números primos de Paolo Giordano, Madame Bovary de Gustave Flaubert, El tiempo entre costuras y Misión olvido de María Dueñas, a mi querida Camilla Lackberg y sus, por ahora, siete libros de la saga Fjallbacka, A sangre fría y Desayuno en Tiffani’s del tan diferente Truman Capote, Nada de Carmen Laforet y su pesimismo de posguerra, Mi Ántonia de Willa Cather, Operación Princesa de Antonio Salas (el que tanto me ha tardado, pero no desilusionado) y ese Dispara, yo ya estoy muerto de Julia Navarro. Son todos libros muy dispares entre sí que dependen, y mucho, de mi estado de ánimo. Porque hay momentos en los que me apetece leer a Murakami y otros en los que escojo algo menos filosófico porque no me apetece pensar. Supongo que a vosotros os ocurriría algo parecido alguna vez.

Y aquí finalizo lo que sólo pretende ser mi despedida a un año de grandes descubrimientos literarios de los que fui dando cuenta en este blog. Espero que os hayan gustado mis impresiones sobre los libros que voy leyendo y que algo os animara a leerlos vosotros. No tienen desperdicio, como todo libro.

“La lectura se reduce al descubrimiento de la expresión de ideas que flotaban dentro de uno, o bien se reduce a la confección de un tejido de correspondencias de cientos de autores”: Sylvain Tesson.