“Comadrejas” de Alejandro Pedregosa. O qué significa perderlo todo

Recuerdo la sensación de frío intenso cuando leí hace años El niño del pijama de rayas, de John Boyne, y La ladrona de libros, de Markus Zusak. Todavía no sabía nada del horror nazi y de repente topé con esos dos libros que me lo explicaron de forma descarnada y dura, y en los que al mismo tiempo los personajes protagonistas tenían unas ganas intensas de vivir, de salir de ahí. Entre las páginas de esos libros, y en una habitación que yo creía más congelada que nada, descubrí que muchas veces podemos sentir que estamos al borde de perderlo todo, pero nunca somos conscientes de lo que significa ese todo.

Durante ese tiempo leí varios libros sobre el nazismo, sobre las guerras mundiales, sobre la guerra civil española y otros conflictos en general. Me interesaba la historia porque un día me dijeron que era importante aprender de ella para no repetir los errores pasados. 

Leí muchísimo, pero quizás solamente esas dos novelas nombradas al principio llegaron hasta hoy. Su recuerdo permanece.

Después dejé a un lado los libros sobre la guerra y me fui interesando por otras cuestiones. Más insignificantes, pero como una forma de indagar en la literatura desde la experimentación y no como documento. 

Como digo, había dejado de leer obsesivamente sobre ello. Pero el tema sigue ahí latente. Y aunque creamos que ya lo sabemos todo, lo cierto es que queda muchísimo por saber, y tristemente hay cosas que jamás las llegaremos a conocer.

El pasado fin de semana volví a leer sobre el nazismo. Y BUFF. BUFFF.

Comadrejas de Alejandro Pedregosa llegó para emocionarme de la misma forma en la que lo han hecho Boyne y Zusak. Volví a sentirme helada. Y leí en busca de una comprensión que sabía que no iba a existir. Porque en medio de tanta barbarie, casi no queda lugar para la humanidad. 

Pedregosa, al que ya había leído en sus originales relatos de O, me parece un autor que construye historias desde la emoción más nuestra, y que al mismo tiempo es capaz de poner en entredicho las grandes creencias del ser humano. Así, en este caso, por ejemplo, comienza aludiendo a esa sensación de perderlo todo. ¿Qué significa eso? ¿Somos conscientes de lo que decimos cuando empleamos esta expresión? ¿Qué perdemos cuando ya no tenemos nada?

“Perderlo todo. No es fácil perderlo todo.

Hace años Marcel me contó que su abuelo lo había perdido todo en una partida de cartas. En ese todo entraban unos pocos ahorros, una bonita casa en las afueras de Metz y una dulce esposa que lo abandonó apenas se supo desahuciada. Hasta hace un mes yo habría estado de acuerdo con Marcel en que eso era perderlo todo. Ahora no. Ahora sé que se trata solo de una forma de hablar”. 

Esta reflexión la hace Jules Cottard, un escritor residente en Francia que acaba en los campos de concentración de Mauthausen, subiendo cada día ciento ochenta y seis escalones con piedras gigantes en los hombros y habitando algo parecido al infierno. Ahí intenta encontrar a su pareja, el joven Marcel, al que habían capturado antes, y los días pasan sabiendo que no hay escapatoria, que casi la totalidad de las personas que están ahí fallecen. Pedregosa describe el horror, nos lo traslada en los pequeños detalles diarios, porque es ahí donde consigue que quizás entendamos que significó todo aquello.

De esta forma:

“Póntelo- me aconsejó-, te vendrá bien durante el traslado. Y dijo ‘traslado’ porque sabía que los animales no viajan, son trasladados”.

“Se comercia con la rebanada de pan, con el agua caliente y con los cigarrillos. Pero también con el cuerpo de los niños que se pierden por la noche en las tiendas de los kapos. Es por eso que habitamos una ciudad. Por eso y porque somos miles”. 

“Mi cuerpo empieza a parecerse al del resto de reclusos. Es el hambre, está planificada para volvernos locos, para que soñemos constantemente con un trozo de pan, para que delincamos por él”. 

En medio de toda esa barbarie, Jules Cottard comienza a ser respetado por sus compañeros, especialmente por un tal Manolo que le consigue mendrugos de pan y cigarrillos, además de otros premios.

“Manolo celebra que sea escritor. Dice que es un oficio muy útil. No sé a qué tipo de utilidad se refiere, pero le advierto de que soy un mal escritor, uno de esos que no escriben para el pueblo sino para ahuyentar los fantasmas de su propio mundo burgués”.

Pero Manolo insiste en que como es escritor deben cuidarlo porque alguien tiene que contarle al mundo todo lo que pasaron ahí. En Mauthausen Gusen.

Jules es un hombre sensible, con inquietudes culturales y artísticas. Quizás por esa sensibilidad es por lo que acabó en Francia después de habitar en un pueblo del sur español y ser un incomprendido. Y por torcerse y querer amar a los hombres. Precisamente, el título de Comadrejas es una metáfora para referirse a los hombres homosexuales que vivieron el horror nazi y que cuyas camisas estaban marcadas por un triángulo rosa. Esa parte de la historia tampoco se conoce, la de los que amaron desde la prohibición.

“Es la historia de una comadreja, un ser retraído que habita en los límites del bosque y se oculta en la maleza. Ha vivido continuamente alerta ante las amenazas de los grandes depredadores. No en vano es el más pequeño de los seres carnívoros. Sobrevive solo porque es rápido y extremadamente ágil. Sabe perderse de vista, esfumarse. De lo contrario, lo liquidarían”. 

La historia de Jules Cottard la va contando él poquito a poco en la primera parte del libro, pero pronto queda interrumpida. En la siguiente descubrimos a Juanita La Churra, la madre de leche que alimentó desde bien chico a ese niño y que todos los días espera una carta suya de Francia. No en vano fue por él, y gracias a él, que aprendió a leer las primeras letras y luego frases completas. Juanita es una mujer que sufre lo que no está escrito. Vive el hambre en sus carnes, y la guerra le lleva a su marido y a sus hijos. Solamente le queda Joselillo, que tiene treinta años y no se separa de ella debido a su enfermedad. Es un personaje memorable, de un corazón que, como se suele decir, no le cabe en el pecho de lo grande que es. 

“Su niño de Francia lleva meses sin mandar cartas y eso la tiene en un azogue vivo. Es por él que ella sabe las letras, si no de qué; él se las fue enseñando con paciencia de santo cuando le asomaba la pelusa en el bigotillo, que, según Juana, es cuando los niños son más nobles y entregados. Cada tarde llegaba con su cuaderno, se sentaba junto a la ventana y la obligaba a dejar las tareas para juntar la jota con la o y la ese con la e, y así conoció Juana los nombres de sus hijos, el suyo propio y otro millón de nombres más que iluminan las cosas del mundo”. 

Y ya en la tercera parte es el turno de Marcel, ese hombre valiente y que también busca hasta las últimas consecuencias salir del campo de concentración sin saber, o quizás sí, que las cosas era imposible que salieran bien. Aunque el cuervo le hiciese sentir lo contrario.

Llego al final helada. Continúo helada. Y llena de preguntas. 

¿Cómo es posible que no supiese esto? ¿En qué se diferencian las personas de los animales? ¿Sería capaz de soportar tanto horror en mi cuerpo? ¿Cómo tener la certeza de que esto no volverá a pasar? ¿Para qué sirve la escritura en estos casos? ¿Cómo es posible que haya personas que nieguen la historia y quieran volver a repetirla? 

Creo que las preguntas son buenas. Yo siempre distingo así los libros buenos de los malos. Y este de Alejandro Pedregosa es buenísimo. Contiene la dosis exacta de emoción pero también de realidad. Además nos presenta a personajes que difícilmente olvidaremos, y nos ofrece la capacidad de seguir investigando en esos sucesos ocurridos en los campos de concentración.

Quise escribir una crítica al uso y no fui capaz. Salió este texto que habla desde la emoción y que pretende ser una oportunidad de abrir preguntas y esperando, por supuesto, convertirlo en una invitación a la lectura. No podemos obviar la historia. No debemos.

Ficha técnica

Título: Comadrejas

Autor: Alejandro Pedregosa

Editorial: Cuatro Lunas

Año de publicación: 2024

Número de páginas: 270


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Escrito por

Graduada en periodismo y enamorada de la lectura y la cultura. Porque leer nos hace mejores personas.

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