Sol. Locura. Amor.

Las tres palabras que le sonaban demasiado bien a él cuando pensaba en ella. En las locuras de los campos verdes bañados por un sol primaveral, tras hablar de infinitos libros. Algo que se podía tildar de amor, aunque lo que hacemos desnudos signifique más. Pero era un romántico, creía en las novelas de Jane Austen en las que él podría ser el héroe. Mientras tanto, sus pensamientos se conformaban con amar el silencio de un pasado imposible de capturar con las manos. No todo presente se convierte en futuro, y eso él lo sabía a ciencia cierta.

 


Orgasmos literarios

“Me gustan los libros casi tanto como un orgasmo tuyo sobre mi cuerpo”.

Esa chica romántica se sentía culpable al pensar que los diversos placeres podían compararse todos al mismo acto de amar.  Siempre repetía esa frase sin hablar, hasta que encontró a ese amante que fue capaz de no echarle nunca en cara esa sensación. Él tan sólo se atrevió a decirle:

“Todos los hechos son fugaces, excepto las sensaciones de un libro que se pueden experimentar infinitas veces”.

Ambos amaban por los mismos motivos. Nunca más hablaron de ello, porque sobraban las palabras cuando restaban tantos libros para  quizás capturar un mismo instante.